jueves, 19 de abril de 2012
jueves, 15 de marzo de 2012
Otros oficios de nombramiento concejil
Otros oficios de nombramiento concejil son:
Dulero o caballón, es el pastor comunal que recoge todos los días el ganado para llevarlo a pastar fuera de la ciudad, su salario es de 150 sueldos jaqueses al año.
Vezadero, guarda comunal de la vez o manada de cerdos, percibe 150 sueldos por año
Cabrerizo, boyero y vaquerizo, cuyos honorarios se estipulan en especie, se cobran en la fiesta de San Juan, fecha de comienzo y final del desempeño de la labor pastoril comunal.
A mediados del siglo XVIII había en los mataderos españoles personas encargadas de vigilar el estado de salud de las reses que se sacrificaban con destino al consumo público, a los que se les denominaba revisores, en unos lugares, y veedores en los más, estos funcionarios eran elegidos entre el gremio de carniceros, recayendo la elección, generalmente, en el más antiguo, porque se les suponía los más entendidos en el ramo de la carne. En Játiva se le reconocía el derecho a elegir y cobrar trece ochavos por cada cerdo que se sacrificaba dentro del matadero, tres reales por cada carga de carne procedente de cerdo y embutidos que entraban de fuera a la ciudad, y doce ochavos por carga de pescado.
Vigario: Sólo sabemos que estos funcionarios ejercían actividad en relación con la visura de los alimentos. “Testigo presencial y veedor, delegado de la autoridad para el cumplimiento de sus órdenes y vigilar el comercio de los alimentos”.
Zabazoque: Mencionado en el Fuero de Cuenca, asignándole la obligación de controlar pesos y calidades de los alimentos, mantener el orden en el matadero y mercado e intervenir y entender en las disputas y diferencias que se produjeron, también tenían encomendada la “visura” de las carnes.
Los albéitares no intervinieron oficialmente, como tales, en actividades relacionadas con la inspección de alimentos, en algunos casos, como ocurrió en Játiva, fueron nombrados veedores, pero sin que para ello influyera su profesión de clínicos. Los romanos fueron de los que pusieron normas, con visos de científismo, de vigilancia de los alimentos al instituir los inspectorium ciborum, se trataba de individuos considerados como vigilantes oficiales, en los que recaía el derecho y la obligación de recorrer todos los días los mercados con la consigna de reconocer los alimentos que se expendían para el consumo y tirar al río todos los que se encontraran alterados, adulterados o cometieran con ellos fraude por falta de peso o medida al expenderlos, castigando severamente a los infractores. Las primeras noticias que nos han llegado de prácticas similares en España han sido:
Fuero de cuenca (1.190): “Todo carnicero que la carne mortecina vendiere, de ganado enfermo o viejo o heronda peche con diez maravedíes”.
Fuero de Brihuega (1.202): en este fuero se hace referencia a los inspectores de abastos y a sus obligaciones de revisar las carnes “todo lo preciso para evitar que se venda carne enferma o mortecina, retirando las que no sean aptas para el consumo”.
Las Ordenanzas de Córdoba mostraban especial interés por lo relacionado con los aspectos higiénicos de la carne, estableciendo que “se prohibe mezclar carnes mortecinas con sanas”, en una disposición del Ayuntamiento, dictada el 20 de marzo de 1.797, establecía “que la carne de las reses que no entraran por su pie en el matadero no podría venderse ni en tabla alta ni baja, salvo las que hubieran sido conducidas vivas en carretas o cargadas encima de bestias y reconocidas previamente por los caballeros diputados”. En las de Valladolid (1.552) se prohibía cortar carne fuera a “mujer u home que haya tenido o tenga: pupas, tisis o mal de San Lázaro “bajo pena de 300 maravedíes”, se hacía referencia a los “vigarios”, encargados de revisar las carnes antes de pesarlas, para comprobar que se encontraban en buenas condiciones higiénicas.
Los veedores de las carnes, asesores como acabamos de decir, primero del mustazaf y luego del tribunal del repeso por derecho propio, pertenecían al gremio de cortantes o carniceros, las ordenanzas de este gremio, aprobadas sucesivamente por Juan XX (1.392) y Felipe V (1.740) les concedían este derecho. De los cuatro veedores que se citan en las mismas, dos pertenecían, dentro del gremio, al brazo o ramo de Moltoneria y otros dos al de cabritería, los primeros tenían encomendadas las visuras de carneros, cabrones, ganado porcino, tocino y embutido, los segundos, las de ganado vacuno, corderos y cabritos de leche.
Bien, a pesar de todo cuanto acabamos de decir, en varias ocasiones fueron nombrados, circunstancialmente, como veedores de carne, un número mayor de ellos o bien, personas que no pertenecían al gremio de cortantes, que actuaron solas o junto a los veedores del gremio, esta circunstancia se daba generalmente cuando la visura, por ser conflictiva, originaba algún expediente, entre las personas extrañas al gremio, actuaron pastores, atuneros, fondistas, pasteleros y médicos, pero el gremio de cortantes nunca aceptó con agrado estas intromisiones foráneas, especialmente la de los pastores que era la más frecuente. Vayamos ahora al caso concreto de los médicos que actuaron en la visura de carnes, de los varios registrados, dos casos corresponden a visuras practicadas en la especie porcina (uno en un caso de cisticercosis y otro de putrefacción), dos al ganado vacuno (uno de res introducida muerta en el matadero, otro de putrefacción), uno corresponde a tocino y embutidos y uno a ganado lanar por carne infectada.
Estos facultativos solían actuar como veedores cuando las visuras eran de cierta importancia o las de los veedores del gremio de cortantes o pastores eran tan controvertidas que daban lugar a algún expediente, por eso actuaban, casi siempre, en segunda y terceras visuras. Al parecer los médicos que actuaban no tenían ningún nombramiento como veedores, ni estaban vinculados al Tribunal de Repeso de manera oficial, ni necesariamente eran siempre los mismos, actuaban como asesores del Tribunal.
Un último apunte para finalizar: En la ciudad de Barcelona, en el siglo XV, se imponían duras penas a aquellos que robaban o comerciaban fraudulentamente con alimentos. A los que vendían carne de oveja sin una de las marcas oficiales que aseguraba su buen estado sanitario se les daba a elegir entre la amputación de una mano o un pie. Muchas veces estas operaciones las realizaban verdugos sin preparación y el resultado era la muerte del acusado.
jueves, 23 de febrero de 2012
HIGIENE PÚBLICA VETERINARIA
Merecen especial atención, por su carácter modélico, las cinco leyes sanitarias establecidas por el Honrado Consejo de
Las gallinas, junto con el cerdo, cabritos y conejos son los recursos básicos del corral, no sólo como carne fresca sino como producción comercial de huevos, perniles y conservas caseras. Esta importancia en la economía lo demuestra el hecho de que en numerosas ocasiones el precio de la entrada en los arrendamientos y ventas se satisface con animales como el cabrito, los capones, perdices y gallinas. Los notarios cobraban sus honorarios (esportulas) con gallinas o con florines. Los precios de los animales y de sus productos derivados oscilaban en función de la alternativa coyuntural de cada instante.
Las gallinas solían venderse a pares, a mitad del siglo XIV, un par de gallinas oscila entre 5 y 6 sueldos jaqueses, en los años sesenta y setenta del mismo , la gallina sube entre 5 y 10 sueldos jaqueses el par, siendo el precio de un par de pollos de 8 sueldos jaqueses, y un par de huevos 4 dineros (2 sueldos jaqueses la docena), mientras que en la primera mitad del siglo la media docena había estado en 8 dineros y un pollo se compraba por 10 dineros. Las perdices oscilan desde los 2 sueldos jaqueses el par, del último tercio del siglo, a los 3 sueldos jaqueses el par a la mitad del XV, bajando a 1 sueldo jaques (8 dineros) en el paso al siglo XVI, subiendo a algo más de 2 sueldos jaqueses en la primera mitad del siglo.
El precio del “pernil de carne de puerco” no fluctuó mucho, en los primeros años del siglo XV se venden a 18 dineros la libra y al final del siglo a 2 s.j. la libra, el peso de los perniles se documenta en el año 1.428, en unos recibos de compraventa: diez perniles, que pesan
La libra de carne de carnero se mantiene tanto al principio del siglo XV como al final en 11 dineros, dos documentos de compraventa del año 1.428 certifican ese precio, en uno de ellos se venden tres carneros de cuarenta y tres libras por 36 s.j., al precio de 10 dineros la libra, el valor de ésta es de
Los animales de montura y labranza dependen de la edad, pero sus precios están muy parejos, en el siglo XV una yegua cárdena, de 8 años y un potrico castaño se venden por 125 s.j., dos yeguas, una entre 8 y 10 años, y otra entre los 16 y 18 años, se venden ambas por 146 s.j. Si se toman las dos ventas y se considera la yegua de 8 años en el mismo precio que las de 16 se puede saber el precio del potrillo, en este supuesto las yeguas valdrían cada una 73 s.j. y el potro 52 s.j. El mulo se valora en 18 florines, y el caballo en 30 florines, el buey en 15 florines y el asno en 5 florines. En las ventas de animales de labranza las hembras son más caras, ya que se valora lo que han de producir. Una mula, que aún servía para el trabajo, en el año 1.439 se vende en 43 florines (510 s.j.)
Dentro de esta dinámica se debe entender el pago que recibe el porquerizo, a parte de un dinero por cada puerco y mes, si la cerda pare en el monte, tiene derecho a un cochinillo. Los toros que se corren en la plaza mayor en los días de fiesta, oscilan entre 10 y 12 florines y una vaca ternera para la carnicería se valora en 58 s.j. El cabrero cobra la octava parte de la leche de las cabras y la décima de los cabritos, el pastor de vacas y ovejas recibe la décima de los corderos, la octava de los quesos, la décima de las ovejas estériles y de los carneros y la octava de la manteca, después de la fiesta de San Juan, en el mes de junio. No obstante estas normas forales, en el año 1.471 se documenta el pago de 3 s.j. 3 dineros por dos quesos y, aunque las referencias son varias, no se explicita el peso de cada queso.
El aspecto higiénico de los alimentos y más concretamente del abasto de carne destinada al consumo del hombre, es decir, las repercusiones de los productos sanos y de los considerados insalubres ha sido preocupación antigua de la humanidad, tan antigua como el uso de la carne como alimento que, como es bien sabido, fue uno de los primeros utilizados. Durante mucho tiempo las carnicerías, en España, eran establecimientos en donde se simultaneaba el sacrificio de las reses de abasto y la venta de sus carnes, después vendría la separación de estas dos actividades. Desde finales del siglo XV, se tienen noticias de la existencia de importantes carnicerías en las principales ciudades (Málaga, Medina del Campo, Córdoba, Sevilla, Madrid), en sus ordenanzas y reglamentaciones existen ya normas higiénicas y sanitarias que más tarde fueron incorporadas a la legislación promulgada por las autoridades nacionales.
En Valladolid existía ya, a finales del siglo XV, un edificio especial destinado a carnicería, la de Medina del Campo fue creada por disposición de una cédula fechada en 1.500, por la que se autorizaba a esta villa para que, de sus propios fondos, invirtiera 25.000 maravedíes en la construcción de un edificio que se dedicará a carnicería-matadero. Córdoba, en el siglo XIV, contaba con dos carnicerías (1.319) que fueron mandadas derribar por el rey Alfonso XI, ordenando construir siete nuevas, distribuidas por la ciudad, otorgando su propiedad y, por consiguiente, el disfrute de sus beneficios al Cabildo eclesiástico, que después lo arrendaba al gremio de los carniceros en unos 1.500 maravedíes cada una por año, durante la dominación musulmana existían en esta ciudad carnicerías para las distintas religiones (musulmanes, judíos y cristianos), lo que en ocasiones originó serios conflictos.
En 1.587, la “Historia de Sevilla”, de Alonso Morgano, recoge que allí existían nueve carnicerías, así describe la principal, denominada de “San Isidoro”, que se podría considerar como modélica en su género: “Disponía de 48 tablas para pesar y manipular la carne, cada una de las cuales se encontraba protegida por rejas, puerta y cerradura de hierro, el edificio tenía dos entradas y disponía de un patio central rodeado de pilares, por el que podían circular incluso gentes a caballo, en uno de los corredores fue instalado un altar con retablo, disponiendo de campana para llamar a misa, los días festivos, al personal relacionado con la mencionada carnicería”. A mediados del siglo XV, había en Madrid tres carnicerías, existían además, mondonguerías, también se consideraba carnicería-matadero-mondonguería, dentro de sus específicas características, el Rastro instalado en
En todas las ordenanzas por las que se regía el funcionamiento de las carnicerías existían determinadas normas relacionadas con el abastecimiento y la higiene, se ordenaba “que no se mate carne para vender, salvo en las carnicerías y matadero”, esta prohibición se extendía incluso a la caza, “que debe ser vendida en los sitios fijados para ello“ (“gallinerías”). Un capítulo muy tenido en cuenta era el de la limpieza de las carnicerías, en general, se ordenaba que “todas las semanas se limpien con agua y estropajo todas las tablas donde se vende la carne y las cepillen con azuela todos los sábados, los tajones donde se corta, también deben limpiarse cuidadosamente, los cuales estarán tapados con cobertura y cerrados con candado y llave”, específicamente que los carniceros, para vender, debían ponerse “cabentales” (“delantales”) de lienzo blanco y, al cargar las canales en las caballerías” pongan debajo lienzo o estera limpia”, también ordenaban que, al llevar los despojos a los muladares, fuera de la ciudad, “queden estos envueltos en el estiércol, para evitar que sean consumidos por perros u otras alimañas”.
La separación de los lugares de matanza de las reses de abasto y de los destinados a la venta de carne, es decir, de las denominadas carnicerías propiamente dichas, y los mataderos, fue introducida por los romanos, que desde épocas remotas contaban con estos últimos establecimientos (Marcelo = matadero). Edificios de estas características comenzaron a construirse en España hacia los principios del siglo XII, primero en las grandes ciudades y más tarde en pueblos importantes, los primeros lo fueron en Sevilla, Málaga, Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia, en 1.500 lo fue el de Medina del Campo (Matadero-carnicería, según anteriormente ya hemos señalado), y en 1.712 el de Játiva (Valencia).
Según todos los indicios, fue Sevilla pionera en la construcción de matadero, éste fue construido por orden de los Reyes Católicos, sabemos que, en 1.632, “estaba constituido fuera de la ciudad, se trataba de un gran caserón, con corrales, naves de sacrificio y dependencia de servicio, formado una gran plaza en la que, durante el verano, se alanceaban toros”, cuando fue conquistada Málaga por los reyes católicos, en 1.478, los encargados de organizar la ciudad ya señalaron el lugar que debería ocupar al matadero futuro, situado en lo que después se denominaría Puerta Nueva. El matadero de Córdoba se construyó, también, por Orden de los Reyes Católicos, asignado una gran cantidad de maravedíes para comenzar las obras.
Entre los muy diversos personajes a que se hace referencia en los reglamentos de los ayuntamientos, vamos a reseñar exclusivamente, a los que tenían alguna relación con la vigilancia higiénica de las carnes, son éstas:
Almutazafes: tenían asignadas las funciones de vigilancia y Policía higiénica en mercados. Su labor incluye el control de pesas y medidas, inspecciona los horno, tabernas, carnicerías y tiendas, supervisa las actividades artesanales de la ciudad y se preocupa de la limpieza de calles y murallas. Aunque no tenía sueldo se podía dar por satisfecho, pues con la cantidad de multas, que el mayordomo o almutazaf de la ciudad gestionaba, se hacen cuatro partes, una cuarta parte es para el vecino denunciante, otra cuarta parte para el mayordomo y las dos restantes para el Concejo, que las emplea en obras de la muralla. Si es negligente y no cumple su oficio con eficacia es reo de cohecho, debe pagar al juez, a los alcaldes y al demandante, treinta sueldos jaqueses.
Cada mayordomo, por esta libertad de oficio, en cuanto a salario, nombra Nuncios, que le ayudan en “facer entregas, citaciones, mandamientos e proposiciones”, así mismo dispone de guardas y vigilantes de las tierras viñas y huertos para completar la misión de policía que le compete a su magistratura, quienes reciben sus salario, igualmente, de la proporción dicha de las sanciones impuestas.
Credencieros: Además de otras misiones, en ocasiones estos funcionarios tenían obligación de acompañar a los fieles en la visura de las carnes.
Fieles: Entre otras funciones, tenían encomendada la responsabilidad de vigilar que no se matara res alguna que estuviera enferma, exigiendo que entren por su pie en el matadero.
Veedores o revisores: Era un cargo importante en las organizaciones gremiales, en algunos reglamentos se especifica que estos servidores “han de ver y visualizar la bondad o maldad de las carnes”, la visura debería hacerse en presencia del credenciero, debiendo hacer relación por escrito entregada al mencionado credenciero, en el que se haga constar relación detallada de la actividad desarrollada, sobre todo cuando ordenara decomisos, especificando las razones que lo cuestionaron.
jueves, 2 de febrero de 2012
ALBEITARES, MARISCALES Y VETERINARIOS (mas)
Veamos ahora cual era la actividad cotidiana de aquellos albéitares. En el libro de sesiones, de 1.586, del Consell de Elche, en la correspondiente a 30 de mayo, se recogen unos aranceles o tarifas de herreros, herradores y albéitares, la relación de conceptos y precios fijados es la siguiente:
Sangrías y albardar con la misma sangre 4 reales castellanos
Dar cendradas 2 reales castellanos
Poner pajas y biznas 2 reales castellanos
Desgobernar de arriba y abajo 1 real castellano
Desgobernar 1 real castellano
Punzar los paladares y quitar el “haba” 1 real castellano
Dar juncadas 1 real castellano
Dar bebedizos 1 real castellano
Dar Medicinas 1 real castellano
Hacer sangrías 1 real castellano
Herrados de caballos 18 dineros
Herrados de mulos 14 dineros
Herrado de asnos 10 dineros
Reherrado de caballos 8 dineros
Reherrado de mulos 7 dineros
Reherrado de asnos 5 dineros
Ninguna de las Ordenanzas gremiales, ni acuerdos de juntas que se conozcan de dichos gremios hacen referencia a esta cuestión en los primeros tiempos, sólo las ordenanzas del gremio de la ciudad de Valencia de 1.483 lo mencionan, aunque de forma muy somera e imprecisa, fijando que dichos honorarios serían establecidos por mutuo acuerdo entre el albéitar y el propietario del animal, y si no se llegara a este acuerdo, el justicia civil, aconsejado por los examinadores de Albeytaria, debían tasar dichos aranceles.
A diferencia de lo que ocurre con las tarifas para los actos clínicos o de peritación, las relativas al herrado parece que fueron siempre controladas por las autoridades, se pueden citar en este sentido cuatro documentos de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII. En el primero, datado en Elche el 24 de febrero de 1.450, se establecen los precios del herrado en dicha villa en 7, 6 y 5 dineros, para caballos, mulos y asnos, respectivamente, fijando el reherrado en 2 dineros, para los tres casos (compárese con las tarifas de cien años después). En el segundo, el libre de Ordinacions de
El tercer documento serían unas ordenanzas del gremio de Morella (Castellón), de 1.669, en las que se señala que se debían cobrar por cada herradura de ocho clavos, dieciséis dineros, y por cada una de seis, doce dineros y si se usaban las mismas herraduras limitándose a arreglar y cortar el casco, debía cobrarse ocho y seis dineros, respectivamente. El cuarto documento es un acuerdo del Ayuntamiento de la ciudad de Valencia de 1.727, renovando otro del gremio de albéitares y herradores de dicha ciudad, por el que se intentaba subir el precio del herrado, si bien no se hace constar la cantidad que se cobraba, ni la que se pretendía subir por parte del gremio. Como ejemplo de la importancia dada a la regulación de las tarifas de herraduras y herrado se puede citar
La importancia del hallazgo de esta ordenación de aranceles de Elche no se encuentra sólo en si misma, sino que además se desprende de ella cuál era la práctica clínica habitual de los albéitares a finales del siglo XVI, y que consistiría en:
Hacer sangrías: De uso corriente ya desde los mulomédicos romanos, que la practicaba sobre la yugular y sobre el paladar, y considerada por Chiron como el arma más formidable de la panoplia médica, y no sólo con fines terapéuticos, sin también profilácticos, recomendado así Mosen Manuel Díez sangrar al caballo en la yugular cuatro veces al año “per a tenirlo en sanitat”.
Sangrar y albardar con la misma sangre: Albardar o enalbardar significa poner la albarda a una bestia, o también adornar, o rebozar, por ello aún no habiendo encontrado la significación de “albardar” relacionado con la sangre de la sangría, bien pudiera ser que consistiera en dar friegas con la misma en los lomos del animal, tal vez con la idea de fortalecer una zona sometida a los lógicos roces y presiones de los aparejos, con todo, llama la atención que a esta práctica se le asigne la tarifa más alta.
Desgobernar (así de mano como de pie): El ligar una vena entre dos puntos y seccionar entre ambos se conocía como desgobernar, a veces se asignaba a esta operación el significado concreto de ligar las venas cubital y radial en dos puntos, cortando la porción comprendida entre ellas, se hacia tanto en miembro torácico como en pelviano y tanto a niveles dístales como proximales los aranceles fijan un precio diferente, según se hiciera a un solo nivel o bien en los dos. Se consideraba de provecho para las “resfriaduras e infosura, desaynaduras, y aguadura, así mismo para alifajes, y vejigas, y lupias, de acuosidad, y para axugas, y arestín, y para los brazos que están con tumores, y engrosados de humores que baxan a las partes más baxas; se había de desgobernar en las venas de los brazos encima de la rodilla, y dos dedos encima de las pezuñas, y en las piernas encima de las corvas, y bajo de las corvas, dos dedos bajo el sitio donde se hace el esparaban, cortando la piel con una lanceta, y descubriendo la vena con un “cornezuelo”, éste era un instrumento hecho con una punta de cuerno de ciervo, usado por los albéitares para separar vasos y tejidos en las operaciones quirúrgicas.
Punzar los paladares y quitar “el haba”: La “fava” (también conocida como haba, lampasch o tolano) es el nombre que se le daba a una palatitis localizada, una inflación circunscrita a los surcos del paladar próximos a los incisivos, consecuencia de la hiperhemia producida por la compresión de la red venosa, este proceso, que se cita en todos los équidos, se caracteriza por una callosidad endurecida del tamaño de un haba, y hace que los animales no puedan comer, por estar dolorido al paladar, dejando caer la comida a medio masticar. El tratamiento consistía en sajar la tumefacción dejándola sangrar, para ello se utilizaba un hierro en forma de hoz de segar, previamente calentado al fuego, seguidamente se aplicaba un lavatorio para la boca, de vinagre, sal, orégano, y miel, mandando lavar dos o tres días con él, seis u ocho veces cada día.
Dar una juncada: Dar una juncada consistía en aplicar una medicación a base de manteca de vaca con un manojo de juncos, aunque es un término genérico (al poder contener diferentes componentes y por tanto perseguir distintos fines), su uso común parece ser el del medicamento preparado con manteca de vaca, miel y cocimiento de adormideras, que para trata el muermo (born o vorm, en valenciano) se aplicaba con un manojo de juncos, no obstante, su eficacia contra el muermo debió ser, evidentemente, tan nula como el resto de jarabes, brebajes y sangrías con los que se intentaba combatir. Las juncadas podían tener también otras aplicaciones, además del tratamiento del muermo, García Cabero, un albéitar posterior, la recomienda para el tratamiento del cólico, compuesta por “manteca de Bacas, miel común, xarave de azufayas, Regaliz, Escorzonera, aceyte de Catapucia o Higuera de infierno, polvos de cominos rústicos, alolvas y hiemas de Huevo”.
Dar una cendrada: la cendrada era una cataplasma o asiento de ceniza (cendra), sola o mezclada con otros ingredientes, para diversos usos, Mosen Diez la cita con ajos y paja de cebada: (Haz una caldera de cendrada y tomando las cabezas de ajos y paja de cebada, coja todo con la cendrada).
Dar bebedizos y dar medicinas: Llama la atención que los aranceles diferencien como conceptos diferentes dar bebedizos y dar medicinas, cuando se trata en ambos casos de dar una medicación, variando sólo la forma de administración, además, para los dos, se fija una misma cuantía económica, podría deberse a que se hubiera intentado “abultar” el listado de los aranceles, tal vez para camuflar el haber dejado fuera intencionadamente otros conceptos. Aquí entrarían tratamientos de todos aquellos procesos para los que sólo cabría el uso de medicinas, por ejemplo, los síndromes cólicos (Torcons) a los que se aplicaban purgantes o calmantes.
Poner unas pajas y bizma: Era poner un emplaste con pajas, que podía estar compuesto entre otros ingredientes por estopa, aguardiente, incienso y mirra, Francisco
Herrado y reherrado: Se diferencian precios desprendiendo de que sea caballo, asno o mulo, y también según sea herraje con herradura aportada por el herrado o reherrar con las herraduras que trajera al animal.
martes, 17 de enero de 2012
VETERINARIOS, ALBEITARES Y MENESCALES (cont.)
Fieles a la verdad histórica, continuamos la reseña de
Con referencia a la personalidad de Mosén Díaz hay bastante confusión, para unos es natural de Aragón, para otros es catalán y por último, otros le suponen valenciano, a nuestro propósito es suficiente con saber que Mosen Manuel Díaz era un caballero prestigioso que vivió a principios del siglo XV, según Zurita: “intervino Don Manuel Diez, como uno de los embajadores del Reino de Valencia”, en el famoso compromiso de Caspe del año 1.412. El “Libro de Albeitería”, según parece, fue escrito en el año 1.443, cuando el autor acompañó a D. Alfonso V el Magnífico, de Aragón, de quien fue mayordomo, a la conquista de Nápoles.
Está comprobado que Díaz fue mayordomo del Rey Alfonso V de Aragón, según nos informa el traductor del manuscrito, Martínez de Ampries, en el prólogo de la edición príncipe del libro, en otra edición, ya muerto el traductor, fechada en 1.545, se lee: “estando en la conquista del reyno de Nápoles, donde por mandato de su alteza el dicho Don Manuel hizo llamar a todos los mejores albéitares que hallarse pudieron, et ordenaron este Libro de Albeytaria, con el cual cada uno de súbito puede curar algún accidente que a su caballo, mula o otra bestia sobreviviere no fallando albéitar, más fallándolo, que sea bueno debe dejar la cura al maestro que es más suficiente por la práctica que no el. Y después que este libro fue compilado, mandó su alteza dar traslado de a quantos los quisiere, después fue traducido de la lengua catalana a la lengua castellana por el magnífico Martín Martínez Dampies, fidalgo, natural de la villa de Sos”. El título original del manuscrito de Mosén Díaz pudiera ser “Libro de
En
Cronológicamente, el libro, mejor dicho, el manuscrito de Mosen Díaz, es el primer texto de albeitería que se publica en España, y también una de las primeras obras que salieron de la imprenta española. La obra de Díaz, en la traducción Castellana, comprende dos libros, en el primero escribe de cuanto se debe saber de los caballos, y en el segundo, de las mulas, corresponde a Mosen Díaz el mérito de ser el primero en haber fijado la atención en la medicina de las mulas, animal tan abundante en los pueblos mediterráneos y del cual, tanto los hipiatras griegos y latinos, como los albéitares árabes, no hacen mención especial. En el primer libro se contienen 180 capítulos, los primeros atienden al exterior, al conocimiento de los pelos, signos de bondad, vicios, etc.., contiene nociones muy confusas de anatomía y concisos consejos de higiene, muy especialmente sobre alimentación, también, ligeras nociones de entrenamiento y doma de potros, en el capítulo 60 empieza la verdadera patología, pasando revista a las principales dolencias internas y externas del caballo.
Comprende el libro “que trata de las mulas” un total de 38 capítulos y varios apéndices, sigue el mismo plan del tratado de los caballos, los primeros capítulos se dedican a señalar la hermosura que debe tener la mula, y a tratar de las bondades y señales, del color de los pelos, etc..., que las caracterizan, la mayoría de los capítulos se dedican al estudio de la patología, y abundan los remedios y “curas” en cada uno de los casos, contiene un capítulo, este segundo libro, titulado “En qué manera deben ser herradas las mulas”, capítulo olvidado al tratar del caballo, este capítulo señala su procedencia albeiteresca frente a la erudita del tratado primero que hace referencia a los caballos. Una edición catalana contiene un tercer libro o tratado titulado “de
Ya se comprende que este apéndice no fue escrito en la época de Mosen Díaz, constituye un añadido extraño, en la edición de Valladolid de 1.500 se hace constar, a continuación del título, la siguiente coletilla: “y añadido en él setenta y nueve preguntas”, ejemplares correspondientes a esta edición, y a otras, como Toledo 1.507 y Zaragoza, 1.545, no contienen las citadas preguntas, sin duda alguna las adiciones quizá fuesen hechas para algunos ejemplares o añadidas a modo de apéndice, fuera de texto, y fueron arrancadas por los examinados. El éxito del libro de Díaz y de los manuscritos anteriores ha de buscarse entre caballeros, hombres de armas y nobles militares, conviene señalar que las “Partidas”, del Rey Sabio, exigen a los caballeros conocimientos de patología y terapéutica de los caballos para “guarnecerlos de las enfermedades que ovissen”, exigencia que explica el número de tiradas y la repetición de ediciones durante medio siglo, hasta diecisiete ediciones, de las cuales, tres publicadas en catalán.
El original estaba escrito en catalán, referidos al manuscrito de Mosen Manuel Díaz, pero las primeras ediciones impresas se publicaron en castellano, traducido por Martínez de Ampies, según quedó anotado, y las ediciones catalanas no se hicieron del original, fueron a su vez traducidas del texto castellano. Ahora tendríamos que hacernos una pregunta, Mosen Manuel Díaz, el autor del libro de
Con acierto califica el licenciado Alonso Suárez, médico de la ciudad de Talavera, su obra de recopilación, la “Recopilación” de Alonso Suárez comprende dos libros, en el primer libro se incluye una mezcla confusa como es: parte de una obra de Pedro Crecentino, un trozo del tratado de Mosen Díaz, (el referente a las mulas), un tratado anónimo sobre belleza del caballo, y el tratado de Hipología de Xenofonte, en el libro segundo se inserta, íntegra, la traducción de los hipiatras griegos y termina la obra con una traducción, también íntegra, de la “Hipiatrica” de Laurencio Rusio, la obra, en total, comprende 193 hojas en folio, impresión gótica. Debemos al licenciado Suárez haber incorporado a la albeitería hispana textos de tanto mérito, y esta labor merece una breve explicación histórico-bibliográfica para comprender toda su trascendencia.
Comenzaremos por el libro segundo, por los hipiatras griegos, este libro representa una fiel traducción de la famosa colección de textos que se conocieron como ”Hipíatrica” y modernamente con el nombre de “Corpus hippiatricorum qraecorum” (Abreviatura “C.H.G.”), se admitía, hasta hace poco, que fueron mandados coleccionar por el Emperador Constantino VII, Porfirogereta (911-959), en efecto, la colección se hizo en el siglo X, salvando gran número de manuscritos de la cultura griega antigua referentes a la medicina de los caballos. La obra, como ha llegado hasta nosotros, contiene 118 capítulos con fragmentos de 25 autores, el nombre del colector es desconocido, de la primitiva recopilación se debieron sacar varias copias, actualmente se conocen cinco manuscritos griegos, el más lujoso se encuentra en
El libro de Pedro Crecentino, (Pietro de Crescenzi), es obra de un erudito, Crescenzi era médico abogado, aficionado a la filosofía..., vivió en 1.240, por encargo de Carlos II de Anjou, Rey de Sicilia, escribió un tratado de agricultura, cuya edición príncipe, escrita en latín, se titula “Petri de Crecentiis, civis de Bononiensis. Opus ruralium commodorum”, (libre XX. Augsburg, 147, por Jonh. Schuszler), en folio, gótico, después, son muchas las impresiones en latín, italiano, francés, alemán, que se conocen, no hay ninguna edición española, el libro IX trata de las enfermedades de los animales domésticos, el autor siguió en esto las normas de los geopónticos latinos Catón, Varrón, Columela..., según los críticos, los 106 capítulos que componen el capítulo nono son copia textual de la obra de Ruffus, un famoso veterinario en la corte de Federico II, en el año 1.250. El ilustre filósofo, historiador, y militar, Jenofonte, entre sus obras, nos dejó una interesante para veterinarios, ya citada, la titulada “De la equitación”, contiene valiosas noticias de exterior, higiene, doma, etc..., de los caballos, seguramente Alonso Suárez tomó este tratado de la traducción de las obras de Jenofonte hecha por D. Diego Gracían, publicada en Salamanca en 1.552.
Por último, la traducción del libro de Laurencio Rusio es, quizá, el mayor acierto de Suárez, Rusio fue un ilustre veterinario romano que ejerció la profesión a principios del siglo XIV, al Servicio del Cardenal Napoleone Orsini (1.288-1.347), por error inexplicable se hace a Rusio español, natural de Sevilla, no hay pruebas de ninguna clase acerca de su españolidad, la obra de Rusio es fruto de lecturas y observaciones personales, por su contenido, original y práctico, ha servido de modelo y ha sido traducida y copiada por muchos autores durante muchos años, la edición príncipe se publico en latín, con el siguiente título “Liber marescalcie copositus a Laurentio dicto Rucio...”, al parecer impresa en Roma, por Eucharus Silber, probablemente la edición consultada por Suárez es la que se imprimió en París, por Wechelus, en 1.531, texto que adquirió mucha divulgación. Del libro de Díaz, útil para los caballeros, se imprimieron repetidas tiradas, la “Recopilación” de Suárez sólo consiguió una edición, consecuencia de su aparición extemporánea, tanto el libro de Díaz como
jueves, 15 de diciembre de 2011
VETERINARIO, MENESCALES Y ALBEITARES (IV)
Maestro, y de gran altura, fue, después el albéitar, Francisco
La obra se tituló: Los siete libros del Arte y Ciencia de
También encontramos otros testimonios en Portugal que abonan lo que venimos proponiendo, así, existe un libro de “Albeitería” que perteneció al herrador-alveitar del rey D. Juan I, Alfonso Esteve, el cual fue escrito por Juan Aveiro que moraba en casa del Prior Álvaro Camello, en el año 1.425, más tarde descubrimos que este fraile era Abad de un monasterio, y, para mayor abundancia, aún encontramos relacionado con la “Alveiteria” una obra de cetrería que mandó escribir D. Juan da Costa, obispo y gobernador de Santa Cruz de Coimbra, con toda seguridad Benedictino. Desde siglos anteriores a la obra de Fray Bernardo, ya existen pruebas de esta dependencia monástica de los albéitares, en los “manuscritos” de Fray Teodorico de Valencia. (“Chirugia u Medicina de homens, cavalls et falcons”, (1.276), diríamos más, es la prueba incontrovertible que fuerza la promiscuidad de médicos y albéitares por aquellas fechas, que veíamos claramente al hablar de los benedictinos, y que irá perdiendo vigencia a medida que las Facultades de Medicina fijen su identidad.
Fray Teodoric de Valencia, dominico, natural de Cataluña y médico del Obispo de Valencia Andreu Albalat, escribió su obra entre 1.248 y 1.276, en un precioso códice se conserva su obra de medicina y Albeitería, con otra anónima que se le ha atribuido, además viene una cuarta obra traducida del árabe, que se encuentra en
Porque los médicos, junto a los monjes, han intervenido decisivamente en la formación de los albéitares, ahora sabemos, con documentos, que los médicos formaban parte de los tribunales que examinaban a los albéitares, así se constituye en Valencia un tribunal “para examinar a los que ejercían
Es un reconocimiento temprano de la importancia de la sanidad veterinaria, pero también en una afirmación de identidad con algo que en un principio fue común a las dos profesiones afines, como pudo ser la unicidad en la enseñanza, aunque no figuraran los albéitares como tales, ¿quién nos dice que mosen Diez no pudo ser médico?, No es pequeño el número de galenos, que escribieron sobre veterinaria, tanto en España como en Portugal, pero es que además la “Hipiatrica” que era una reunión de textos griegos referentes a la medicina de los caballos, coleccionada en el siglo X, fue traducida por el médico Soisson, Johano Ruellio, y, médico era Pedro Crecentino, que en 1.240 escribió un tratado sobre Agricultura, como médico fue también el licenciado Alonso Suárez que nos legó la “Recopilación de los más famosos autores griegos y latinos”, toda la vida le será deudora
En el siglo XIV ya se celebrarían exámenes, como el descrito, en otras partes de
Con motivo de un error al señalar el peso de las herraduras de esta Pragmática de los Reyes Católicos, fechada el 22 de marzo de 1.501, son citados a intervenir los albéitares ante el consejo Real, como peritos profesionales, quizá por primera vez en la historia, “llamados para ello como personas expertas del herraje”, a consecuencia de su informe,
jueves, 1 de diciembre de 2011
VETERINARIOS, MARISCALES Y ALBEITARES (III)
En las épocas más antiguas de la historia se conocía ya la forja de los metales, considerada como un arte, de ella se habla en el Génesis, siendo el primer forjador Tubalcaín, y Homero describe la forja de Vulcano en
En el siglo XII fue cuando se extendieron los Gremios como asociaciones medievales “voluntarias”, que agrupaban a comerciantes y artesanos con el fin de ayudarse, protegerse y relacionarse mutuamente. Fue posteriormente, ya en el siglo XIII, cuando los artesanos se separaron de los comerciantes y formaron agrupaciones gremiales según su oficio, cuando tenemos noticia de la primera asociación de menescales y herradores en la ciudad de Valencia el año 1.298, fecha en que fueron aprobadas las Ordenanzas de
Los herradores y plateros, pues, manejaban materiales forjables llevados al estado de plasticidad mediante el aumento de la temperatura, y, modelados, sin pérdida de sustancia, ésta era la filosofía que les mantenía unidos y hermanados bajo San Eloy, y por esto mismo en el Cuzco fueron los plateros, y no los herreros, quienes hicieron las herraduras para los caballos de Pizarro.
Dos funciones llevadas a cabo por los gremios de albéitares son comparables a las realizadas por los Colegios de Veterinarios actuales, nos referimos a las actividades de tipo benéfico y a las relacionadas con aquellas gestiones encaminadas a la distribución de materiales para el ejercicio profesional. Con relación al primero de estos cometidos, citemos la ayuda económica que recibían por enfermedad o notorio contratiempo aquellos maestros que fuesen sumamente pobres o necesitados, la ayuda a las viudas era especial, autorizándolas a mantener abierta su clínica-herrería, si tenían a su servicio algún oficial capacitado, especialmente si tenían hijos, hasta que el mayor de ellos adquiriese la titulación de albéitar, también eran atendidas las huérfanas que se hallaban necesitadas, en todas las ordenanzas gremiales se encuentran artículos que hacen referencia a éstas y otras obligaciones de asistencia mutua y benéfica. También los agremiados difuntos fueron objeto de atención, y así encontramos la obligación de asistir a los entierros, la celebración de misas y funerales por su alma, etc. En cuanto al segundo de los cometidos apuntados, los gremios de albéitares y herradores se preocupaban del abastecimiento de las materias primas usadas para el propio trabajo de los agremiados, consiguiendo, de esta forma, precios más ventajosos y beneficios para la propia corporación, tal era, entonces, el caso del carbón necesario para la fragua, y el hierro para la fabricación de herraduras, el gremio de albéitares y herradores de la ciudad de Valencia gozaba del monopolio de la venta y distribución del carbón a todos los usuarios de la ciudad, fuesen o no agremiados, lo que le suponía una buena fuente de ingresos, el depósito del mismo se hallaba en la propia casa cofradía del gremio.
Todas las ordenanzas de los gremios de albéitares del reino de Valencia, en líneas generales, respondían a la misma normativa, existía una junta directiva o de gobierno, con los siguientes cargos: clavario, que se ocupaba de lo que podía considerarse la presidencia del gremio, tenía en su poder la llave de la caja de caudales (de ahí el nombre de clavario) responsabilizándose de los fondos de la misma, compañero de clavario, que desempeñaba una función a lo que hoy llamaríamos vicepresidente y por tanto suplía al clavario en sus funciones en ausencia de este, mayorales, generalmente dos, eran como vocales de la junta de gobierno del gremio, veedores, generalmente dos, que controlaban la calidad y buena fabricación de las herraduras, las tarifas del ejercicio profesional, actuaban como examinadores en los exámenes que realizaban el gremio para la concesión de títulos, por último estaba el escribano que actuaba como secretario del gremio, recogiendo en sus escritos o actas los acuerdos, aunque la fe pública de los mismos corría a cargo de algún notario que asistía a las reuniones, estaban también a su cargo el llamado “libro de clavería” donde se anotaba la contabilidad del gremio, los libros de registro de aprendices y oficiales, y cualquier otro que el gremio tuviera que llevar en orden a la mejor administración del mismo. Todos estos cargos eran elegidos generalmente en
Hay constancia documental en un acta, de un examen, realizado a ocho aspirantes, el 23 de marzo de 1.436, en la que están sus nombres, las de los miembros del tribunal nombrados por el Consell de Valencia, sus calificaciones y el otorgamiento, a dos de ellos, de la potestad para ejercer de examinadores, esto significa que unos años antes, no ya de la creación del Tribunal del Protoalbeiterato, sino del Tribunal del Protomedicato, era necesario superar un examen que demostraba la pericia y la capacitación del aspirante a veterinario, siendo esta situación la habitual en
La evolución de
Esta instrucción se descubre en sus escritos, pero también recientes hallazgos nos hacen pensar que los albéitares no fueron ajenos a las Escuelas de Medicina, por lo menos, en las de Artes, donde se realizaban estudios previos a los verdaderamente médicos. No alcanzó los estudios Universitarios
Esta familiaridad de médicos, monjes y albéitares no debe extrañar si reparamos en que en