Disección de un caballo, grabado del Cours d´Hippiatrique, ou traité complet de la médicine des chevaux, Philippe-Étienne Lafosse, París 1.772

jueves, 22 de septiembre de 2011

Los monasterios.






En la Europa del siglo VIII, fraccionada en múltiples reinos bárbaros, surgió un imperio, el de los carolingios, que fue capaz de someter una enorme extensión de territorio y propició un renacimiento cultural y artístico, la familia de los carolingios, aliada con la Iglesia, pretendió reconstruir el antiguo imperio romano, aunque fue incapaz de desvincular los intereses de estado de la tradición germánica, que consideraba el reino como un patrimonio personal.

Carlomagno consiguió su gran expansión territorial gracias, en buena parte, a su formidable organización armada, en principio, renunció a la cantidad y se centró en la calidad, comprendiendo que miles de campesinos mal armados y peor adiestrados solían ser más una carga que una ayuda, en consecuencia, prefirió contar con una elite de guerreros bien equipados y entrenados, capaces de combatir disciplinadamente y de costear su propio equipo y mantenimiento a cambio de recibir las tierras conquistadas, primero en usufructo y luego a perpetuidad, ello supuso sustituir la infantería campesina, utilizada por los merovingios por una aristocracia guerrera. Como la difusión del estribo y la silla de arzón alto habían proporcionado la posibilidad de cargar a caballo contundentemente contra las líneas enemigas, la caballería se organizó en dos tipos de fuerzas, la ligera contaba con escudo, lanza, espada y arco, la pesada añadía la costosa brunea o cota de malla, yelmo, y polainas de hierro.

Se producían modestas revoluciones técnicas que iban aumentando la productividad: grandes arados de reja curva daban dentelladas más profundas en la tierra, herraduras y collera de pecho, mejor que la de cuello, facilitaban el agarre y el tiro, había molinos más eficientes y una metalurgia más precisa, y nuevos productos, sobre todo armas y cristalería, ampliaban el abanico de negocios, y el flujo de riqueza. Puede que la población de Europa Occidental se duplicará mientras tenían lugar estas transformaciones, en los principios del siglo XI y mediados del XII. Entre las consecuencias figuraba la revitalización de las viejas ciudades y la expansión del modelo urbano a nuevas tierras, a medida que se iba construyendo nuevas ciudades, el sentimiento comunitario se iba reavivando en las antiguas, las ciudades, en lugar de recurrir a algún protector poderoso, (obispo, noble o abad), se convirtieron en sus propios “señores” e incluso extendieron su jurisdicción al campo, de hecho, algunas ciudades eran repúblicas independientes.

Los bosques templados de Eurasia, al ir desapareciendo, fueron sustituidos por un cuarteto de entornos hechos por el hombre: asentamientos, cultivos, pastos y bosques explotados. El pasto era una parte importante de la ecología proforestal por los derivados y complementos dietéticos que representaba el ganado bovino y ovinos, también por la fuerza motriz que producían bueyes, caballos y mulas, además, a la larga, contribuyó a la relativa inmunidad de los pueblos eurasiáticos a las epidemias mortales, los rebaños eran reservas de infecciones a las que dueños y vecinos se aclimataron, en este sentido, las civilizaciones que se forjaron su propio espacio en los bosques americanos y en las que no sobrevivieron grandes cuadrúpedos domésticos parecen frágiles en comparación, seguramente esta sea la clave que explica los destinos opuestos del bosque en ambos hemisferios, cuando América tuvo caballos y bueyes, los bosques comenzaron a desaparecer casi tan rápido como en el Viejo Mundo, las ciudades que los reemplazaron se hicieron igual de grandes y diversas, y también arraigaron en un sistema de gestión ecológica muy variado, en otros tipos de entorno, como en las llanuras tropicales, desiertas y tierras altas, (dondequiera que pueblos del Nuevo Mundo tuvieran camélidos a su disposición o donde la falta de grandes animales domesticados tuviera menor importancia) la adaptación de la naturaleza fue tan eficiente como en cualquier lugar de Eurasia. La expansión de la vida sedentaria y urbana redujo los bosques ilimitados, que sobrecogían al romano Tácito, a una serie de florestas perfectamente empaquetados con límites precisos dentro del mapa, las atravesaron los caminos, estaban salpicadas de huertos y de lugares para el pastoreo, e iluminadas por claros en cuyos jardines se acurrucaban posadas para cazadores, al final, los bosques se convirtieron en jardines artificiales, avenidas, grutas artificiales, bulevares urbanos y parques.

En las fronteras, el afán por obtener el mayor provecho posible y compartir los riesgos de cualquier eventualidad fomentó, en ocasiones, la formación de auténticas societates ad lucrum, con repartos de beneficios entre sus miembros, que, aun cuando basadas en los hábitos anteriores, denotan un concepto productivo de la guerra, llevado hasta sus últimas consecuencias: “hízose mucho daño en ellas, y volvió la gente con buena presa de ganados”. Todo este afán por el saqueo y la captura del ganado ajeno, que rememora los comportamientos atávicos de la frontera, nos remite a uno de los pilares fundamentales, el más importante si cabe, sobre el que se sustentó la economía durante toda la Edad Media: Asociada al cultivo de los campos y a la explotación de los recursos del bosque, la cría de ganado en sus diferentes especies se configuró, ya desde el primer momento, como la ocupación y fuente de riqueza preferentes de una buena parte de la población.

Esta importancia de las actividades pecuarias en el marco de la economía medieval resulta de sobras conocida y ha sido destacada en múltiples oportunidades, sobre todo para la parte de la Castilla Hispánica, donde, en cuanto que la apropiación de nuevas y más amplias zonas de pasto constituyó, desde su origen, uno de los objetivos clave de su expansión militar a costa del Islam, y aparece estrechamente conectada a la dinámica secular del propio movimiento reconquistador.

La explotación ganadera constituye un recurso de aplicación universal en aquellos territorios el los que el bajo nivel de poblamiento es la tónica habitual, ya que, disponiendo del espacio necesario que su ejercicio consume, en comparación con la agricultura posibilita unos rendimientos mayores con menor inversión de trabajo. En otra vertiente, habida cuenta de las condiciones de vida de la frontera, sujetas como estaban a los azares de la guerra, la ganadería ofrecía la ventaja sobre la agricultura de producir bienes más fácilmente defendibles en el supuesto de algún ataque enemigo. Y aun en el caso da fructificar el saqueo, siempre quedaba la oportunidad de volver a recuperarlos batiendo al invasor en la retirada.

Algunas de las medidas que los fueros disponen acerca de la guarda de los ganados parecen responder al ambiente de frontera descrito, donde la inseguridad existente obligaba a protegerlos con tropas armadas (sculca) y a evitar los riesgos de su pastoreo por los extremos más apartados del término.

Con una composición más heterogénea que la integrada en los circuitos de la trashumancia, tanto los fueros como otros documentos conservados acreditan la preocupación existente por el cuidado y mantenimiento de unos animales que, como característica común, estaban estabulados en las casas de sus propietarios y/o eran pastoreados por los lugares acotados al efecto en los aledaños de las villas y en los términos privativos de las aldeas, animales que, en general, proporcionaban fuerza de trabajo, productos ganaderos e ingresos supletorios a las economías familiares.

Caballos, mulas “de siella” o “de albarda”, rocines, yeguas y asnos acostumbran a figurar entre los animales más protegidos por la legislación frente a los robos u otros daños de distinta índole de que pudieran ser objeto, estándoles reservadas, asimismo, las mejores zonas de pastos.

Mucho más abundante y con una difusión mayor entre las haciendas campesinas, el ganado vacuno proporcionaba, esencialmente, la fuerza de trabajo necesaria para la realización de las labores pertinentes al cultivo de los campos. La cogida en prenda de bueyes de arada fue uno de los usos que, con más frecuencia, acostumbraron a prohibirse en las hermandades establecidas, castigándose a los infractores con el duplo de los daños ocasionados y la satisfacción a los perjudicados de los gastos que de ello se derivaba. Y en esta misma vertiente, uno de los castigos más comunes con que se penalizaba a los campesinos que eran sorprendidos labrando fuera de los límites asignados a sus aldeas era matarles ipso facto las yuntas con las que trabajaban.

A tenor de las prescripciones forales que regulan los salarios de vaquerizos y becerreros, el fructus garanti que debía repartirse entre éstos y los propietarios del ganado se concretaba en terneros o becerros, mantequillas y quesos, figurando también sus pieles entre las materias primas que solían trabajar los zapateros de las villas. La frecuencia con que el ordenamiento foral menciona a los puercos entre los invasores de dehesas, plantíos y sembrados, así como la precisa reglamentación del oficio de porquerizo (custos porcorum o subulcus), permita acreditar el vigor de tales prácticas ganaderas.

Algunos fueros locales vedaban la participación en la trashumancia a los propietarios de ganado que no tuvieran el mínimo de ovejas exigido. Esto no excluye que hubiera, pues, rebaños, de no muchas cabezas, que ocasionalmente o de forma habitual pasaran el invierno en los pastizales de los dominios concejiles. Así, con los machos del ganado caballar, mular y asnal, se formaban las dulas, que, puestas al cuidado de los duleros (caballones, vezaderos), aprovechaban los pastos privilegiados que procuraban las dehesas concejiles.

Las dificultades que entrañaba para su pastoreo la conducta de estos animales en presencia de hembras en celo motivaban su estricta separación por sexos y la formación de otros rebaños análogos, las yeguadas o muladas, integrados únicamente por yeguas y asnas, conducidas por los yeguadizos y sujetas al mismo régimen que las dulas. Este mismo sistema de pastoreo comunitario se seguía, así mismo, con la cabaña vacuna y caprina. En el primer caso, con los animales empleados en la labranza y, tal vez, con las hembras de cría se formaban las vacadas o las boyadas, mientras que los becerros y los animales más jóvenes, destajados de sus madres, eran agrupados en otros rebaños diferentes, puestos todos ellos al cuidado de sus respectivos pastores ( vicarii boum, curias de los bueyes, vitularii, chotarizos).

Esta relativa consistencia que parece haber tenido el régimen estante entre las prácticas de explotación ganadera apenas admite parangón, sin embargo, con la importancia que adquirió el sistema fundamentado en las migraciones estacionales de los rebaños de unos pastos a otros. La apertura de los nuevos pastos, el progresivo incremento de la trashumancia y la expansión ganadera que de ello se derivó obligaron a una paulatina estructuración del sector que se manifestó en sus diferentes aspectos.

La necesidad de evitar los abusos y hacer efectiva la protección dispensada por las coronas daría lugar a la institucionalización de un funcionario específico, cuya misión ordinaria estribó en proteger a los pastores y ganados, conocido como guardián de las cabañas. El salario que percibían se concretaba en quasdam borregas de cada rebaño comprendido en su jurisdicción.

A una preocupación semejante a la que presidió la institucionalización del guardián de las cabañas respondió la creación de un nuevo cargo, en esta ocasión concejil, que, si bien tenía unos cometidos más amplios de los que ahora interesan, su vinculación a la explotación ganadera era particularmente estrecha. Se trata del oficio conocido con los nombres de caballero de la sierra, montero o montaraz. Directamente ligada a la práctica de la trashumancia, la primera de las instituciones pastoriles de las que tenemos constancia es el ligallo, asamblea periódica de pastores de ovino cuya finalidad estribaba en concentrar las reses mostrencas para devolverlas a sus propietarios.

Habida cuenta de la estrecha relación existente entre estas concentraciones pastoriles y las actividades que giraban en torno de la esculca, la interrupción de sus celebraciones pudo ser originada por la desaparición de estas comitivas armadas tras los alejamientos definitivos de las fronteras. La función del ligallo quedó reducida a distribuir las ovejas mostrencas previamente aportadas por sus posesores entre aquellos ganaderos o pastores que acreditaran su propiedad, su convocatoria corría a cargo de los oficiales de la cerraja, quienes designaban también el lugar donde debía reunirse. La asistencia al ligallo obligaba a todos los pastores que tuvieran en sus cabañas reses descarriadas, las cuales debían entregar a los funcionarios de la cerraja, so pena, en caso de incomparecencia de cinco carneros de multa y del doble de los mostrencos que se les encontraran. En el supuesto de que restaran ovejas sin adjudicar por no haber aparecido sus dueños, éstas eran encomendadas a dos homes buenos de los pastores que se hacían cargo de ellas por espacio de cuatro ligallos.

Otra institución pastoril, ya mencionada, fue la cerraja, vocablo éste con el que, como sucedía con frecuencia, se denominaba tanto a las asambleas plenarias de los pastores como a la corporación que los agrupaba. Se trataba de una corporación profesional, a modo de cofradía, de la que estaban excluidos los propietarios que no tenían en el pastoreo su actividad ordinaria. Ahora bien, si la institucionalización del ligallo, en principio, aparece directamente relacionada con los problemas planteados por la reintegración a sus dueños de las reses descarriadas, aunque pudiera haber desempeñado también otras funciones, los orígenes de la cerraja resultan mucho más confusos y problemáticos, entroncan directamente con la organización de las primitivas comitivas armadas.

En lo que se refiere a sus funciones y competencias, el parentesco entre los alcaldes esculqueros y los posteriores alcaldes cerrajeros es indudable. La organización autónoma de la esculca la integraban únicamente caballeros, a ello se sumaba su carácter temporal, en cambio, en el caso de la cerraja, no sólo se trataba de una corporación permanente, cuyos cargos se renovaban en fechas estipuladas, sino que, por otra parte, el espectro social de sus filas era mucho más amplio.

En su origen, la cerraja era la asamblea plenaria de los pastores, congregada al objeto de elegir sus funcionarios y ordenar todos aquellos negocios que interesasen al oficio. Según cabe deducir de las ordenanzas, la concurrencia a las asambleas obligaba a todos los pastores que tuvieran a su cargo un mínimo de cien ovejas, de donde parece desprenderse que se trataba de la condición necesaria para ser considerado como profesional de la actividad pastoril.

Una vez reunida, el primer acto que se celebraba consistía en elegir por sorteo de entre los asistentes dos cerrajeros, cuya misión consistía en organizar las comidas de los participantes durante los dos días que, al parecer, duraban las congregaciones. Para ello, cada uno de los asociados, tanto los presentes como los ausentes, estaba obligado a entregarles una borrega en el plazo máximo de nueve días desde el inicio de la asamblea, bajo pena, en caso de incumplimiento, del pago de un carnero de multa además de la citada borrega.

Pero el acto más importante de cuantos se desarrollaban era la elección de los funcionarios que habrían de regir la vida pastoril durante el año en que transcurría su mandato. Estos eran cuatro alcaldes, un escribano y cuatro consejeros, a cuyo cargo corría, entre otras cosas, la organización de los ligallos, la encomienda del ganado mostrenco para su cuidado y la adopción de las medidas pertinentes en orden a la defensa y protección de los rebaños. En este sentido, estaban facultados para establecer en caso de guerra los límites de seguridad del espacio ganadero, prohibiendo a los pastores el adentrarse por zonas peligrosas, fuera de los lindes que considerasen oportunos. Así mismo, podían enviar barruntes al objeto de inspeccionar la situación en áreas de pasto y decidir, a su vez, a resultas de sus pesquisas, cuándo habrían de llevar los pastores las armas que estimasen necesarias. Atribuciones todas ellas, como puede observarse, que parecen rememorar las funciones que quizá desempeñaran los oficiales de la esculca.

Además de estas responsabilidades comunes, que posiblemente ejercieran colectivamente, estos oficiales tenían encomendadas otras tareas más específicas, cuyo cumplimiento corría a cargo de cada uno de ellos. Una de las misiones propias de los alcaldes consistía en impartir justicia en todos los pleitos que se suscitaran entre pastores por los “fechos de las cabannas” y, en particular, en los que se originaban en el ligallo con ocasión de la reintegración a sus dueños de las reses descarriadas. El desacato a su autoridad y las ofensas a la parte contraria en su presencia eran castigadas severamente con las acostumbradas multas en carneros, que, en estos supuestos, se cifraban en cinco y dos cabezas respectivamente.

El escribano tenía como obligaciones inherentes al cargo el elaborar los documentos que emanaban de la cerraja, es probable que corriera también de su cuenta, bajo el dictado de las jerarquías cerrajeras, la administración de la almosna pastoril. Su nombramiento se efectuaba para un periodo de cinco años, estando obligado a servir el oficio so pena de diez carneros de multa “por cadanno que faldrá”, igualmente, en el momento de acceder al puesto, se le requería la prestación de juramento ante los alcaldes y la entrega de fianzas (casa con pennos), en garantía de su gestión. Como parece ser la pauta habitual en el sector, la remuneración de estos funcionarios se libraba en ganado, en el caso particular del escribano, se cifraba en una cordera por cabaña, que le era entregada cuando había transcurrido la mitad de su periodo de servicio. Los alcaldes y cerrajeros se lucraban de una tercera parte de las caloñas que se recaudaban por las sanciones incurridas por los pastores, que, obviamente, se abonaban todas ellas en la misma especie.

Otro instrumento esencial que, junto a todos estos oficiales, contribuyó a imprimir a la corporación pastoril un carácter más permanente fue la almosna, órgano financiero de la entidad, aplicado a subvenir los gastos que comportaba su mantenimiento y las obras de beneficencia que practicaba. Los recursos ordinarios de la misma provenían, fundamentalmente, de las ventas del ganado mostrenco, de las aportaciones pecuniarias de sus miembros y de las multas que se cobraban por infringir las normas reglamentarias de la institución o por otras causas diversas contempladas en las ordenanzas. Según se disponía en éstas, todas aquellas reses descarriadas que, después de cuatro ligallos seguidos, aún no se hubiesen podido reintegrar a sus dueños, debían ser vendidas por los alcaldes y consejeros en provecho de la cerraja, destinando dos tercios de los beneficios obtenidos a la redención de cautivos y al casamiento de huérfanas y el tercio restante, “para las misiones de los dichos pastores”. Con unos fines análogos eran ingresadas en sus arcas las dos terceras partes del producto de las caloñas, cuyo importe podía oscilar desde un simple carnero, la más leve, hasta cinco cabezas y el duplo de las mostrencas que se le hallaran con la que eran sancionados quienes pretendían escamotear ganado ajeno mezclado en sus rebaños. Así mismo, todos los asistentes a las asambleas anuales de septiembre estaban obligados a contribuir con un dinero que se recaudaba con esa ocasión, salvo en el caso de los dos cerrajeros, que tenían que pagar cinco sueldos cada unos de ellos.

jueves, 15 de septiembre de 2011

El Islam






Siria, junto a gran parte del resto del Imperio Bizantino, había sufrido una serie de calamidades desde mediados del siglo VI: terremotos, plagas, declive económico, invasiones persas sasánidas, y una generación de ocupación sasánida, lo peor de todo fueron los terremotos y las plagas, una serie de epidemias, que comenzaron en el 540, redujo la población un tercio en las ciudades infestadas de ratas portadoras de la plaga, los nómadas, que vivían en tiendas, en cambio, escaparon casi sin daños, de hecho, existía una gran población árabe dentro de la Siria Bizantina, siendo muchos de religión cristiana y judía, y otros paganos.

Los pueblos de lengua árabe de la península arábiga y de las zonas vecinas seguían diferentes religiones y diferentes estilos de vida, algunos vivían en ciudades como mercaderes o marineros, pero la mayoría eran granjeros campesinos “fallahin” en los oasis de Arabia, los fértiles montes del Yemen o los pueblos de la Siria Bizantina y del Iraq sasánida, incluso entre los nómadas existían importantes diferencias entre el autentico “badw” (beduino), que criaba dromedarios del desierto profundo, y los seminómadas “ra´w” de los límites de la zona cultivada, dentro del desierto, las tribus normalmente viajaban cruzando el territorio de unos y otros bajo acuerdos pacíficos, raramente luchaban entre sí. Un avance tecnológico tuvo un inmenso impacto en el equilibrio de poder de las estepas y de los desiertos, se trató de la silla para dromedario con armazón de lana del norte de Arabia, que se aseguraba encima de la joroba del animal, ya que la antigua silla llamada del Sur de Arabia carecía de armazón y se situaba detrás de la joroba, aunque era apropiada para fines pacíficos, el tipo antiguo tenía poca utilidad en combate, una vez que las tribus sobre dromedario más ricas adoptaron la nueva silla, resultó más difícil que los imperios vecinos controlaran las tribus.

Dentro de Arabia se habían producido, desde luego, muchos otros cambios, los pueblos árabes del norte habían aprendido mucho, tanto de bizantinos como de sasánidas, con esta fluida situación política y religiosa llegó el profeta Muhammad. Muhammad consideraba al principio aliados a los cristianos, sólo después de que sus seguidores combatieron contra tribus árabes bizantinas en Mu´ta (629), las dos religiones se convirtieron en rivales, en el 634, los musulmanes derrotaron a una fuerza bizantina, el terremoto del año siguiente y la aparición de un cometa con forma de espada, que provenía aparentemente del sur, se interpretarían más tarde como signos de la próxima conquista musulmana, que los llevó a Persia, Próximo Oriente, Egipto, norte de África, y Europa.

Entre los años 711 y 725 los musulmanes ocuparon toda la península ibérica, y se extendieron por el sur de la Galia, no pudieron consolidar su expansión en la Galia, fueron derrotados por los Francos en la batalla de Poitiers, en el 732, y seguidamente perdieron sus asentamientos en Septimania, tampoco pudieron eliminar los núcleos cristianos del sur de los Pirineos, dominados por astures, navarros y, más tarde, por los carolingios. Durante la sequía de los años 751-756 los musulmanes abandonaron los territorios al norte de los ríos Duero y Ebro, los cristianos, por su parte, ocuparon muchas tierras deshabitadas, aunque no todas, quedando entre los dos bandos una extensa tierra de nadie.

La mayoría de la población estaba compuesta por labradores, ya que la tierra constituía la materia prima por excelencia de la vida. En la Sicilia musulmana, la agricultura era por lo común próspera y variada: a las legumbres y frutas europeas, a sus cítricos y olivos, cabe añadirles el azafrán, la caña de azúcar y el algodón, así como los tradicionales cereales y ganadería, otro tanto ocurre en Al-Andalus. El régimen de distribución de las aguas estaba tan bien organizado que se perpetuará hasta nuestros días en parte de la península, encontrándose constancia en el Tribunal de las Aguas de Valencia. Se conservan unas interesantes anotaciones a un “Tratado de agricultura” redactado en el siglo XI, por un musulmán de Toledo, Ibn Wafid al-Lajmi, y el “calendario de Córdoba” describe las tareas agrícolas que hay que realizar cada mes y los progresos de cada producto.

Sabemos, gracias al Calendario de Córdoba, que las vacas paren en enero, las ovejas en octubre y que “abunda la leche”, así como los huevos, hay gran número de burros y mulos, que se utilizan sobre todo para faenas de transporte, pero la ganadería por excelencia es la caballar: los árabes idolatran al “noble corcel”, indispensable en las razias y en cualquier maniobra guerrera. Una cita del obispo Recemundo, sobre al-Andalus del siglo X, permite reconstruir las etapas de la cría: durante el invierno, los caballos pacen tranquilamente, pero a mediados de marzo todo se anima en los acaballaderos del Guadalquivir, pues es el momento en que las yeguas, empiezan a parir después de once meses de gestación y, a mediados de abril, cuando finaliza el periodo de partos se suelta a los sementales para que cubran a las yeguas reproductoras y, a partir de junio, se les separa. En todas partes se concede una atención especial a la crianza de los caballos: en Provenza, los árabes del macizo de Maunes importaron muchos ejemplares de excelente raza, que se ha perpetuado hasta nuestros días en la Camargue. Un componente más de la economía es la apicultura, que se practica tanto en España como en Sicilia, Lanquedoc y Provenza: se sabe como cuidar las colmenas y se tiene aprecio a las abejas, el calendario de Córdoba hace una mención rápida al tema: “estos útiles insectos se reproducen en febrero”.

En todas las fincas importantes hay palomares, los alcázares y fortines disponen también de uno, el sistema primario de telegrafía óptica que pone en contacto a las diferentes torres de vigilancia estratégicamente situadas en torno al territorio de la “dar al-Islán”, y en particular a lo largo del litoral y de las zonas fronterizas, se complementa eficazmente por medio de palomas mensajeras, que se emplean con mucha frecuencia, además los excrementos de paloma constituyen un abono muy apreciado. En cuanto a los halcones, son auténticos accesorios vivientes de la caza y en ciertas ocasiones resultan indispensables para sustituir a los perros, el halconero es un personaje característico de esta época, todos los miembros de las altas esferas musulmanas se procuran halcones adiestrados que sepan caer en picado sobre la presa, los calendarios agrícolas los tratan con un respecto evidente: “en enero los halcones de la especie valenciana se quedan en sus nidos y empiezan a cubrir... En marzo las hembras ponen huevos, que empollan durante treinta días”.

El Calendario de Córdoba recomienda que se coman los corderos de dos años y los pichones en diciembre, y que no se coma carne de buey o de cabra durante ese mes, el pescado sustituye a menudo a la carne o la acompaña, se consume en salazón con mayor frecuencia que la carne: Las conservas de anchoas tanto como las de “ciervo en salmuera” gozan de gran reputación.

El momento de mayor refinamiento de la Europa sometida al Islam coincidió con la mitad del siglo IX, cuando el iraquí Ziryab, un gran músico y cantante, que se había convertido en el ídolo de masas de al-Andalus, se convirtió en el árbitro de la elegancia e introdujo el arte culinario de Bagdad, fue la época en que los manteles de fino cuero destronaron en las mesas elegantes a los de lino, que se habían empleado anteriormente, y las copas de cristal reemplazaron a los vasos de plata y oro, aunque se siguió prescindiendo de tenedores y cuchillos.

Sea como fuere, del siglo XIII al XV, una ciencia contará con ilustres aportaciones de la zona europea de “dar al-Islam”: la medicina, en el año 958, una célebre regenta de Navarra, la reina Toda, acude a Córdoba con su nieto, el rey Sancho I de León, que ha perdido temporalmente el trono, para consultar a un gran médico judío, Jasday Ibn Isaac Ibn Shaprut (905-975), el niño padece obesidad y Jasday lo sana, los musulmanes confían especialmente en estos médicos judíos.

La época de la medicina hebrea, también llamada Talmúdica, comprende desde el siglo II, a.C., hasta el VI d.C., la alimentación y la higiene tienen especial importancia en la Biblia, el Talmud contiene aclaraciones y ampliaciones, con influencias de la medicina Griega, Babilónica y Persa, entra también en temas como el mal de ojo, los amuletos o los ángeles, muchos maestros del Talmud eran médicos, como Semuel Aba Makohen (167-275 d.C.). Los esenios, grupo étnico-místico, se preocupaban tanto de los temas religiosos como de los temas médicos y de las curaciones, según Josefo, se llamaban esenios porque provenía de la palabra Asia, que venia a ser lo mismo que médico (auxiliador) o terapéutica, Josefo elogia su humanidad y su ética, estaban convencidos de que la fe podía curar incluso a los incurables.

Los maestros del Talmud sabían que el miedo produce palpitaciones cardiacas y alteraciones del pulso, y que el contagio de las enfermedades ocurría a través de alimentos en mal estado, dulces, secreciones, bebidas, vertidos, agua sucia, o aire, conocían la desinfección de instrumentos por fumigación, lavado e ignición. Es asombroso que la medicina talmúdica no ejerciera más influencia sobre la medicina de la Edad Media, en este tiempo, Galeno era el centro de toda medicina, a partir del siglo VI, con la salida de los judíos de su tierra, sólo hay médicos judíos aislados durante todo el periodo medieval, Maimónides fue el más conocido de ellos.

Los árabes conocieron a Hipócrates y Galeno en unas traducciones del siríaco realizadas por el presbítero Sergio de Reshaina, y por el cristiano Mesué el viejo, director del hospital de Bagdag. La botánica árabe fue superior tanto en calidad como en cantidad, el médico judío español, ya mencionado, Jasday, tradujo al árabe todos los nombres de plantas y drogas existentes, la obra de Ibn al Baitar es una colección que describe con fidelidad la botánica antigua, (al Baitar significa Veterinario, como luego veremos).

Con el tiempo se hicieron resúmenes y comentarios de los diferentes libros que la tradición latina a conocido como “Summaria Alesandrinorum” y, hacia el siglo XII, se compuso un resumen general de la doctrina de los 16 libros, que se conoció como “Isagoge Ioannitti” (introducción general a la Medicina), en la que se establece toda la medicina Bizantina, Arabe, Judía y Latina Medieval, y que se convirtió en el libro más importante de la medicina medieval, su texto se inicia así: “La medicina se divide en dos partes: Teórica y Práctica, la primera consta de tres grandes capítulos:

El estudio de los casos naturales o sanos.

El estudio de los casos contranaturales o enfermo, y

El estudio de los casos neutros o no naturales que acrecientan la salud o provocan enfermedad. El primer capítulo es una fisiología, el 2º una Patología y el 3ª una Terapéutica, resumiéndose en el siguiente cuadro:

Salud Neutralidad Enfermedad

Elemento medio ambiente causas

Complexiones Comida y bebida síntomas

Teórica Humores movimiento y reposo Enf.humorales

Miembros sueño y vigilia (similares)

Virtudes excreciones y secreciones Oficiales

Espíritus Afectos de animales Comunes

Higiene Farmacología Cirugía

De los sanos Interior Carne

Práctica De los enfermos Exterior Cortar

Convalecientes Cataplasma Cauterizar

Niños, ancianos Emplastos Huesos

Otros Consolidar

Ligar

Reducir

Uno de los médicos más ilustres del periodo clásico de la medicina árabe fue: Abu Barck Muhamurad Ibn Zacariyya al Rhazi, llamado Rhazes (865-925) conocido como “El Experimentador”, escribió 20 tomos del Al-Hani o Liber Continens, enciclopedia médica que incluye una antología de la literatura médica griega, siria, persa e hindú.

El más famoso y máxima figura árabe y mundial fue Abu Alí al Hasagn Ibn Sina, (980-1.037), considerado padre de la medicina y conocido como Avicena, a los 10 años de edad sabía de menoría el Corán, a los 16 conocía las teorías médicas y a los 18 ya era médico del emir, además de gramático, poeta, geómetra, astrónomo, anatomista, fisiólogo, médico y cirujano, a los 21 años escribió una enciclopedia científica, llegó a ser Visir y escribió su famoso “Canon Medicinae”, el libro y enciclopedia de medicina más famoso en la historia, en cinco tomos, que comprendía: fisiología, higiene, materia médica y terapéutica, relatando los niveles del espíritu y del pensamiento, estos libros fueron el principal tratado de medicina en las Universidades europeas y usados más allá del 1.650, hasta Vesalio.

La medicina árabe se puede dividir en tres periodos:

1.- El comprendido antes de los años 900, es el periodo de preparación, donde se amalgama con la medicina grecorromana y la hebrea y cristiana, se enriquece con los aportes de los sabios bizantinos, que llevan al árabe toda la ciencia conocida y se crean las grandes escuelas de traductores.

2.- Periodo entre el 900 y 1.100, en el que destacan sus propios médicos independientes con nuevos aportes e investigaciones, época de figuras como Rhazes, Abuscasis y Avicena, el interprete de Aristóteles.

3.- Durante los siglos XII y XVII, son años de influencia en la medicina europea, destacando Avenzoar, Averroes, Maimonides y Ali ibn El Abbas, con su notable libro de anatomía, toda la literatura médica árabe fue traducida al latín o a lenguas occidentales para ser usada por las universidades.

Los tratados más importantes del bajo medioevo fueron el “Libri Dietaum” del judío Isaac Iudeus, (siglo IX), el Canon de Avicena (siglo XI), y el Kitab al Mansuri (siglo XII), todo ellos basados en las teorías del Corpus Hipocraticum, siglos posteriores fueron importantes el Régimen de Sanidad de Arnaldo de Villanova o el Kitab al Kulliyat al Tibb, de Averroes, los cuales son un compendio de las enseñanzas aristotélicas y galénicas. Todos estos tratados son hijos de la filosofía hipocrática y por tanto partían de las mismas tesis doctrinales:

1º- Principio del elemento, así la naturaleza de los seres vivos está compuesta de una combinación de elementos simples: aire, agua, tierra y fuego, dictada por Empedocles en el siglo V a.C.

2º- La segunda tesis es que los elementos conllevan al principio de cualidad, es decir, húmedo, seco, frío y cálido.

3º- La tercera tesis parte del principio de los humores, descrito por Polibio hacia el V a.C., del equilibrio de los humores (flema, sangre, bilis amarilla y bilis negra) el ser entra en la eucrasia (salud) o en la discrasia (enfermedad).

4º- La cuarta tesis gira sobre el principio de la complexión o temperamentos, como sanguíneo, colérico, flemático y melancólico.

5º- La quinta tesis esta basada en el principio de las fuerzas orgánicas o virtuales, el alma tiene tres niveles: racional, irascible y concupiscible, con asentamientos diferentes según Galeno.

6º- La sexta tesis era el principio de la pneuma descrito por Diógenes de Apolonia, la pneuma es el espíritu de la vida que se localiza en todo el ser.

7º- La séptima tesis es el principio de la digestión, entendiéndola como metabolismo que cría naturaleza, pero del que hay que eliminar los desechos que produce, por ello eran bien vistas, y se hacían con frecuencia, las purgas, lavativas, enemas y otros procedimientos para limpiar el cuerpo interna y externamente de los humores y excedentes digestivos.

8º- La octava y última tesis está presentada por el principio de los contrarios, así por ejemplo, si un cuerpo enferma por el calor, su tratamiento ha de ser frío, debido a este principio los alimentos y medicamentos llegaron a tener un carácter simbólico, así los había calientes o fríos, secos o húmedos.

La medicina veterinaria árabe fue heredera de los conocimientos procedentes de los escritos hipiátricos greco-bizantinos y de las antiguas tradiciones Hindúes, Persas y Sirias, esta medicina veterinaria árabe tuvo uno de sus primeros cultivadores en Mohammad Ibn Igub (695), que fue hijo de veterinario y escudero del Califa Al-Motadhed, escribió un Ars Veterinaria del que ha quedado su traducción latina, que contiene nociones de hipiatria y herrado. El Kitab Al-Hagawan, escrito por Al Jahiz, es el primer texto árabe de zoología que se conoce (siglo IX), Al Damin escribió una recopilación denominada “Vida de los animales”. Sabemos que Hunayn ibn Ishac, autor de numerosas obras médicas, tradujo, en el siglo VII, las obras de los hipiatras griegos también, en el siglo X, Kabus el-Moali escribió un resumen de los conocimientos veterinarios de su tiempo, que fue traducido al turco y de allí al alemán, Ahmed ibn Hasan ibn al-Ahuaf (1.209) escribió un “Kitab al Baytarah” o “libro de la Medicina Veterinaria”.

En el siglo XII, el sevillano Abu Zacarías ibn el-Awwam compuso un "Kitab al-Felahah”, tratado de agricultura del que dedica una buena parte a la veterinaria, como la mayoría los tratados de agricultura árabes, este tratado fue traducido al español y al francés, y contiene cuatro capítulos dedicados a las enfermedades de diversos animales. Abu Bakr ibn el-Bedr al-Baytar (1.309-1.340), dio el nombre de Al Nasiri a su obra “Kamil as sinacatayn”, realizada en honor del Sultán de Egipto Mohammad al-Nasiri Ibn Kalaoun, esta obra fue traducida al latín por Moisés de Palermo, “Detectio principiorum cognoscendis morbis eguorum”, en ella se reconoce discípulo de los conocimientos aristotélicos, herméticos, galénicos e hipocráticos, y de Vegecio, también escribió el “Kitab al-Acoval”, en 1.327, que es una recopilación sobre patología e higiene de diversos animales domésticos, y más particularmente del dromedario y el elefante. No acaba aquí la lista de veterinarios árabes, debemos recordar los nombres de Abu el-Hafen (836-904) que escribió un Tractatus de arte veterinaria, a Abu Hanifa Ahmed ben Danud el-Dinemeri (902), a Garib ben Said, a Mohammad Ben Iacub el-Cheili, entre otros, sin olvidar a Ibn Masawayh Mesué “el viejo”, que tradujo al árabe la obra del célebre veterinario hindú Charaka (Shanak).

Entre 906 y 1.013 floreció, en Madinat al-Zahra, el genio de Abu L´oasim Jalalf al Zahrawi, nuestro Abulcasis, cuyos numerosos trabajos situaron a la península Ibérica al frente de las técnicas quirúrgicas, de materias veterinarias y de cirugía experimental, durante 100 años. La proliferación de tratados de agricultura y ganadería (Kitab al Felahah) escritos por veterinarios andalusíes fue muy importante, destacando entre sus cultivadores Ibn Waffid, Ibn Tiguari, Ibn Bassad, Ibn al-Beytar (el hijo del Al-Beytar), y otros más, de entre ellos cabe destacar a Aben abi-Hazan, y a Alí ben Abderrhman ben Hodid, también llamado Ibn Hudayl, que escribió su “gala de caballeros, blasón de paladines”, en el cual declara haberse basado en diversos libros de Albeitería y en el “libro de la Naturaleza” de Aristóteles, “gala de Caballeros...”, es un libro de carácter cortesano, no escrito al estilo de los clásicos libros de Albeitería, contiene 20 capítulos que tratan de la creación del caballo y el manejo de las armas que se utilizan a caballo, hasta un florilegio de versos sobre la afición de los árabes por este animal, pasando por sus cualidades y enfermedades (deformidades) sin indicar tratamientos.

Ibn Hudayl también escribió su Kitab al-fawa id al-musattara ficilm al-baytara, o “Provechos trazados de Albeitería “, dedicado como el anterior al Sultán Muhammad V, el texto de Ibn Hudayl se corresponde al concepto de “furusyya” (equitación), como conjunto de conocimientos ecuestres teóricos y prácticos que comprenden las nociones de hipología (jalg al jayl) e hipiatria y Albeitería (baytara= veterinaria). Un códice, del siglo XV titulado el Caballo y sus dolencias, es atribuido al “moro Abdala”, tal vez pudiera tratarse de Abd Allah ben Yuzar, por otra parte en el “libro de los caballos” se lee: “en el nombre de Dios ordenó este libro Maestre Audulla de las enfermedades de las bestias”, este texto parece ser traducción de la “Práctica Equorum” de Teodorico Borgognoni de Lucca (siglo XIII) quien declara basarse en las obras del “alcus menescalx d’Espanha”, lo que evidentemente señala la dirección de los albéitares andalusíes.

Sobre la palabra albéitar, se lee en los diccionarios: “albéitar, oficial que cura las caballerías y sus enfermedades, y comúnmente los hierra también, (Fr. Marechal, Lat. Faber ferrarius, veterinarius, It. Mariscalco), los instrumentos comunes que usa son tenazas, martillo, pujavante, clavos, herraduras. Fuera de esto hay otras voces propias de los albéitares, v.g.; alifafes, almohadilla”. Albéitar representa literalmente el árabe al-beitar, por al-peitar, del griego hippiatros, compuesto de hippos, caballo, e iatros, medico: “medico de los caballos”, el portugués alvéitar es una ortografía abusiva, es, pues, otro vocablo griego que vino al romance por medio arábico. Así pues, las voces albéitar y Albeitería, que en romance hispano designaron al veterinario y su profesión, la veterinaria, son arabismos y penetraron en las lenguas hispanas casi sin modificación, pues veterinario se decía y se dice en árabe al-baytar, utilizándose baytari en expresiones como al-tibb al baytari “la medicina veterinaria”, al-baytara es la veterinaria como ciencia y profesión, estos términos implican también otro sentido: baytar/herrero que pone herraduras a los caballos, y baytara/oficio de herrador de caballos.

Que la palabra baytar no tenga relación alguna con los distintos nombres que reciben en árabe el caballo y otros solípedos: caballo/hisanum, farasum, asno o pollino/hiwarum, yahsw burro/himawn, burra/himasatun, mula/baglatun, mulo/baglun, yegua/farasun, se corresponde con que su origen remoto es griego, pues baytar es el resultado de la palabra griega hippiatros, que pasa al árabe a través del siríaco pyatra, que es el médico de caballos, en la práctica la labor del baytar se extiende a todos los animales, aunque especialmente al caballo, el significado de la palabra, al pasar del árabe al español, era veterinario. La ciencia veterinaria árabe floreció magníficamente en la España musulmana, manifestándose en las obras de sus albéitares y tratadistas que crearon sus libros al estilo de los geopónicos greco-latinos, copiándolos en muchos casos y desarrollando mucho más que éstos los capítulos dedicado al cuidado de los animales y al arte de herrar, lo que sí parece cierto es que la primera inseminación artificial de una yegua fue realizada por los árabes hacia 1.322.

jueves, 11 de agosto de 2011

CAMBIO DE MENTALIDAD E INVASIONES DEL "MAR DE HIERBA"




El cristianismo fue, al menos, la quinta religión ética, salvadora de almas y de miras ultramundanas, de cuya aparición en el escenario mundial se tienen conocimiento, pero ésta es una estimación muy conservadora, pues durante los 600 o más años que separan a Zoroastro de Jesús debieron existir muchos movimientos religiosos similares.

Fue Pablo, y no los levitas, quien exhortó a sus hermanos judíos a cesar el sacrificio de animales, Pablo no señaló que el fin de las ofrendas animales también concluía efectivamente el consumo de carne en el banquete redistributivo que había constituido el substrato del ciclo alimentario de los antiguos hebreos. El banquete se hizo puramente simbólico.

Las religiones incruentas surgieron en respuesta a la incapacidad de los primeros Estados para proporcionar las ventajas materiales que prometían sus reyes y sacerdotes, surgieron cuando estos Estados estaban siendo asolados por guerras crueles y costosas, cuando el agotamiento de los recursos naturales, el crecimiento de población y la aparición de las ciudades provocaron una falta de alimentos e hicieron difícil mantener un abastecimiento constante de carne para los festines redistributivos, y cuando las distinciones de rango social se habían hecho más rígidas y la pobreza se hallaban muy extendida en la población común.

Por mucho que estas religiones atrajeran a hombres ansiosos por escapar de la lucha y el sufrimiento mundanos, ninguno de estos movimientos hubiera conseguido elevarse a la categoría de religión universal de no ser por su capacidad para auspiciar y alentar la conquista militar y para ayudar y encubrir formas crueles de represión y control políticos.

Ya se ha señalado que la expansión del estado se basaba en la preservación e incorporación de las poblaciones derrotadas, fuente de mano de obra y riqueza, las religiones incruentas garantizaban al enemigo la supervivencia al cautiverio, y así apresuraban su aceptación de dominio extranjero, al mismo tiempo, la estrategia ideológica de prometer recompensas para el alma en lugar de recompensar para el cuerpo convenía particularmente a las clases dominantes, si la vida en la tierra era inevitablemente dolorosa y la pobreza y el sufrimiento no eran impedimento para la salvación, sino que, por el contrario, contribuían incluso a aumentar la dicha eterna, la clase gobernante ya no necesitaba proporcionar riqueza y felicidad para justificar su derecho a gobernar, esto resultaba doblemente útil a la luz de las crisis ecológica y económica que acompañaron el crecimiento demográfico y la intensificación excesiva de la producción en las tierras que vieron surgir estas nuevas religiones.

¿Y el cristianismo? Fue difundido en un primer momento por misioneros pacíficos, la nueva religión atraía a todos los estratos sociales, pero sus aspectos comunitarios y caritativos la hacían especialmente atractiva para la desposeída clase obrera. Después de un intento particularmente atroz de Diocleciano por erradicar a los cristianos en 303 d.C., Roma adoptó una estrategia radicalmente distinta, consistente en hacer suyas las creencias cristianas con el fin de dar o devolver, una finalidad al Imperio, el artífice de esta nueva estrategia fue el emperador Constantino I, no sólo dejo Constantino de perseguir a los cristianos, sino que confiscó las riquezas y propiedades de los antiguos dioses romanos, las entregó a los obispos cristianos para construir nuevas iglesias (a veces con piedras de los antiguos templos) y estableció unos fondos imperiales para indemnizar a los cristianos por sus sufrimientos y los gastos contraídos para alimentar a los pobres, Constantino cambió toda la estructura legislativa del imperio para acomodarla a los principios cristianos, autorizó a los célibes a heredar propiedades, abolió el divorcio, condenó el concubinato, prohibió los juegos con gladiadores y el sacrificio de animales, uno de los actos más importantes de Constantino fue la legalización de los legados a la Iglesia, a cambio los obispos cristianos reconocieron que un cristiano tenía obligación de prestar servicio militar cuando el emperador lo llamara a filas.

Hacia el final del reinado de Constantino, la clase dirigente del Imperio estaba compuesta en su mayor parte por cristianos, sus sucesores siguieron penalizando severamente cualquier tipo de culto pagano, ya fuera público o privado, destruyeron la mayoría de los templos que permanecían en pie, excluyeron a los paganos del funcionariado, del ejército, del ejercicio del Derecho y de la enseñanza, por último, en 529, Justiniano ordenó a todos los que se negaban a abrazar el cristianismo, ceder sus propiedades y exiliarse, la ira de la nueva religión incruenta del imperio se abatió con igual severidad sobre el judaísmo que sobre las otras religiones incruentas. A principios del siglo V los romanos prohibieron a los judíos y samaritanos construir sinagogas, servir en el Gobierno o en el ejército y ejercer el Derecho, también adoptaron medias similares para detener la alarmante propagación del maniqueísmo, religión incruenta rival fundada en el siglo III d.C., por el visionario persa Mani, que se consideraba el último profeta, por desgracia para Mani, ningún ejército salió en su defensa, y su espléndido sueño económico de unir a las religiones incruentas de Europa y Asia no llegó a cumplirse.

Los Godos y las invasiones del mar de hierba.

De todos estos pueblos los que lograron fundar Estados más estables y con mayor proyección fueron los godos, el origen del que había de ser uno de los pueblos germánicos más importantes de la Historia hay que buscarlo en la península de Jutlandia, en Dinamarca y en la zona de Götaland, en la actual Suecia, ciertas diferencias en los materiales arqueológicos hicieron que los investigadores separaran en dos zonas geográficas sus estudios, el Vástergotland, que correspondería al origen de los visigodos o “godos occidentales”, y el Östergotland, origen de los ostrogodos o “godos orientales”, de esta forma queda definido un doble origen del pueblo godo, dualidad presente desde la Edad de Hierro, a pesar de esta doble área, la mayor abundancia de hallazgos que implican un carácter godo corresponden al Västergotland, entre los lagos Väneru y Vätleun (Suecia). En el siglo I de nuestra era se instalaron en las costas de las actuales Polonia y Alemania que habitaron durante más de cien años, a principios del siglo III los godos se instalaron a orillas del mar Negro y formaron una coalición godo-sármata, con la intención de hacer incursiones en Asia menor y en la península balcánica, tras irrumpir en el Imperio, organizaron primero el reino de Tolosa en el sur de Francia y, tras la derrota de Vouillé en el año 507 ante los francos, emigraron a Hispania en el 511, en donde establecieron el reino de Toledo que acabó por unificar políticamente la Península y crear una cierta unidad nacional, cuyo recuerdo perduró magnificado en el norte de Hispania tras la penetración musulmana del 711.

De esta época son las figuras de Braulio de Zaragoza, Ildefonso de Toledo e Isidoro de Sevilla, éste dedica uno de sus libros de Etimologías a los animales, cuyo Capítulo I dedica al ganado y los jumentos, distingue entre: Oveja, carnero castrado, carnero, cordero, cabrito, chivo, íbice, ciervo, cervatillo, gamo, liebre, conejo, cerdo, jabalí, novillo, toro, buey, vaca, becerro, búfalo, uro, camello, dromedario, asno y borriquillo, onagro, asno de la Arcadia, mulo y caballo, de éste dice:

“Hay cuatro cosas que es necesario atender en un buen caballo, a saber: forma, belleza, mérito y color. Forma: que sea de cuerpo fuerte, sano, de altura conveniente a su robustez, largo, vientre recogido, grupa grande y redonda, ancho de pecho, cuerpo nudoso por la densidad de sus músculos, patas finas y frente cóncava.

La belleza de caballo exige cabeza pequeña y seca, piel adherida, orejas pequeñas y puntiagudas, narices anchas, cerviz levantada, crines densas, lo mismo que la cola y redondez de la pezuña.

Mérito: que sea de pronto ánimo, inquieto, que es indicio de fortaleza, que en el descanso fácilmente se le excite a la carrera y en la carrera no sea difícil frenarlo, el movimiento del caballo se conoce en las orejas, así como su poder en la inquietud de sus miembros.

Los colores que se han de tener presente son: bayo, dorado, rojo, castaño, ceniento, glauco, a manchas, cano, blanco, con pintas y negro. Llamamos “color vario” el que esta pintado de diferentes colores, los que tienen las patas blancas se llaman “petili” (calzados) y los que tienen la frente blanca se llaman “callidi” (caretos), Cervino es aquel color que el vulgo llama alazán porque es de color a manera de bronce, Dosino es el color de los asnos, se dice también ceniciento, hay otros salvajes, que se suelen llamar equíferos, pero estos no pertenecen al género de los caballos domésticos de que hablamos. Mauros son los de color negro, manus es un caballo más pequeño, llamado vulgarmente brunicum (rocín)”.

Fue el caballo el que proporcionó a los nómadas de Asia Central su sorprendente poder militar, surgieron de los prados en gran número, pero este abastecimiento no era inagotable, ni los caballos excedentes tenían algún valor para el nómada excepto para el comercio o la guerra, en esto residía el problema de las tribus. La vida en la estepa significaba la dispersión de la gente y así del potencial militar, la conquista representaba reunir los efectivos tribales en un ejército, mientras que la dominación sobre civilizaciones sedentarias, como las de China y Oriente Medio, alejó a los nómadas de las estepas, que eran el alimento de sus grandes manadas de caballos, y de la dura vida errante, que los convirtió en grande guerreros.

Un pastor no era necesariamente un nómada, la guerra nómada se caracterizaba por la gran velocidad con que recorría enormes distancias, aunque muchos pueblos centroasiáticos viajaban lentamente con sus hogares y familias en carromatos. Las estepas eran también más estrechas a medida que las tribus se desplazaban hacia el oeste, lo que obligó a cambiar su modo de vida, los pueblos que, como los hunos, avaros y magiares, cruzaron los Cárpatos hacia la llanura húngara, se encontraron con que esta pequeña llanura era incapaz de sustentar el número de caballos necesarios para un verdadero ejército nómada, si penetraban más al interior su situación empeoraba, los guerreros tenían que dispersarse en busca de pastos y era muy difícil reagruparse en los bosques y campos de Europa, la influencia de la ecología en la historia militar tiene todavía que ser debidamente estudiada, pero es evidente que la llanura húngara nunca pudo mantener una “superpotencia” nómada.

El pony turco era un animal resistente, aunque pequeño y feo a ojos occidentales, a diferencia de los caballos europeos engordados en pesebre, era capaz de sobrevivir en climas severos y alimentarse sólo con hierbas, en general era también mejor para escalar, saltar y nadar que los caballos medievales europeos, las manadas de la estepa a menudo se cruzaban con caballos salvajes y de este modo conservaban su vigor, no existía únicamente un tipo de pony estepario, diversos pueblos cruzaban sus caballos para viajar, cazar o combatir, mientras que otros se especializaban en la crianza para exportación.

Las principales características que buscaban eran un lomo liso para facilitar la montura, un cuello largo como distintivo de buen saltador, los chinos admiraban los “caballos celestiales” de Asia Central, mientras que los reyes turcos prefirieron el pony de “raza de dragón” hasta que adoptaron el caballo árabe tras las conquistas musulmanas. “Señor del caballo” era un título común para los soberanos turcos. El color del pelo del animal también tenía una gran importancia, los colores más claros se reservaban para la gente de distinción, escuadrones completos montarían en ponys similares, los hsiung-nu colocaban aparentemente su caballería roana o baya en la frontera oriental, mientras que los caballos “rojos” fueron desplegados ante el sur, blancos al oeste y negros al norte, los caballos moteados y píos tenían algunas veces un significado casi mágico, puede que no sea una coincidencia que en el mito cristiano de los cuatro Jinetes del Apocalipsis montaran caballos que invierten el orden de la procedencia cósmica de Extremo Oriente, simbolizando quizá la llegada del Fin del Mundo.

A nivel más prosaico, los nómadas de la estepa introdujeron en Europa varios progresos en el arnés del caballo, ciertos tipos complejos de brida, que pueden reflejar la influencia nómada, llegaron a ser comunes en Rusia, la montura de armazón de madera, que era más cómoda para montar y más tolerable para el caballo, ya se conocía en China y Corea desde el siglo V, los hunos pudieron haber empleado una primera versión, mientras que tanto los bizantinos como los europeos occidentales copiaron de los avaros la montura completamente perfeccionada de armazón de madera.

El origen del estribo de metal es aún discutible, pero probablemente surgió en la zona fronteriza entre China y las estepas, los primitivos “estribos para la puntera” de piel o lazadas de cuerda se conocían desde hacia tiempo en las estepas occidentales y Oriente Medio, pero la estribera de metal era casi desconocida para los hunos, de nuevo fueron los avaros quienes la llevaron a occidente en los siglos VI y VII, estas estriberas no eran, por supuesto, esenciales para la arquería a caballo, aunque en realidad incrementaban el número de disparos, ni fueron esenciales, para los jinetes que empuñaban lanzas, por otra parte proporcionaban un asiento más firme y aumentaban la eficacia del jinete, los jinetes esteparios no eran partidarios de las herraduras y estas no llegaron a estar muy extendidas antes del a conquista mongola, los jinetes nómadas también utilizaron fustas en vez de espuelas para controlar sus caballos.

La decoración en el arnés y montura era sumamente personal y fue notablemente tradicional a pesar de las migraciones masivas, nuevas religiones y nuevas influencias artísticas, las colleras ornamentales se extendieron desde Irán hasta Oriente Medio, Asia Central y China, el Beçkem o gran borla que colgaba del cuello del caballo era originalmente la marca de una elite de guerrero turco, que finalmente se copió bastante al oeste. Los nudos de la cola del caballo pueden haber estado relacionados con la instrucción del animal, pero también eran característicos de la estepa y de los guerreros turcos de Oriente Medio. Uno de los medios más peculiares de atender a un caballo era el arreglo de su crin para producir un efecto almenado, esta práctica apareció probablemente entre los kushanos nómadas del este de Irán, junto con el fiador de la espada, se extendió a los nómadas sármatas iraníes de las estepas occidentales y a la China Tang en oriente, esta costumbre desapareció antes del siglo VIII, tras la llegada de los turcos, aunque las crines almenadas de asnos, y en algunos caballos, todavía se pueden ver en zonas de Afganistán y de la extensa región montañosa de Altai en Mongolia, la mayoría de los animales se marcaba con el tamga tribal: Un dibujo simple que también aparecía en las armas y cinturones, no obstante, los tamgas no fueron exclusivamente una idea turco-mongola, pues los nómadas sármatas y alanos, indoeuropeos también marcaban sus animales de este modo y continuaron haciéndolo cuando emigraron a Europa y al norte de África.

De todos los pueblos que provenían de Asia Central ninguno tuvo mayor influencia que los turcos, fueron primero conocidos en China como T’u-chüeh, su nombre puede haber significado “yelmo” y parece que era una tribu menor especializada en metalurgia de los montes Altai, sus orígenes, fueron claramente mixtos, pero tras derrotar a los juan-juan unificaron casi todos los pueblos nómadas orientales de Asia Central bajo su Kanato Gök “azul” o “celestial”. Las cargas repetitivas de arqueros a caballo eran la táctica básica, se instruía a los caballos para que no “virasen bruscamente”, sino para que siguiesen galopando en línea recta hasta que girasen con el simple toque de la brida, no por presión de las piernas del jinete como algunos han sugerido.

Como los turcos, la caballería de elite avara combatió con arco y lanza, y se protegía con fuertes armaduras de fieltro o de laminas de hierro, el arnés para el caballo avaro era también de fieltro o laminar y aparentemente cubría cabeza, cuello y cuartos delanteros del animal, un detalle singular avaro de la armadura del caballo era un tipo de gorjal para proteger el cuello, quizás similar al visto en imágenes de sepulturas chinas y de Asia Central. Para la mayoría de los europeos los avaros eran menos conocidos que los hunos, sin embargo su influencia cultural y militar fue mucho mayor, la caballería pesada avara sirvió como un ideal entre los bizantinos durante muchos años, fue de ellos de quienes los bizantinos adoptaron el estribo, probablemente la montura militar de armazón de madera, y el arco más potente, así como nuevas formas de arnés para el caballo. La Europa Occidental aprendió similarmente las nuevas técnicas de caballería de los avaros, aunque los musulmanes de España y los magiares de Hungría también desempeñaron su parte.

jueves, 4 de agosto de 2011

El mundo bárbaro.






La cultura grecorromana se impuso porque era la del imperio, pero esta cultura sobrevivió a la decadencia del poder de Roma, convirtiéndose en la base de la civilización occidental, que se considera heredera directa suya, y sin embargo, la mayor parte de Europa había vivido durante muchos siglos al margen de la cultura mediterránea, el este, norte y centro de Europa, incluidas las islas de Gran Bretaña e Irlanda (Albión y Eire) formaban parte de otro mundo, un mundo que se extendía por tierras misteriosas en las que habitaban los pueblos que griegos y romanos llamaron “bárbaros”, término con el que simplemente querían decir “los otros”, los que no pertenecen al mundo civilizado, esa parte de las raíces de Europa que ha permanecido olvidada, aunque todavía hoy se puede percibir su influencia, es la cultura celta, su influencia es profunda, como un río subterráneo, ha permanecido desde la Edad Media hasta hoy, y en el fondo de muchas costumbres y creencias, enriqueciendo el arte, la literatura y la música, pero sobre todo alimentando la imaginación popular.

Son muy numerosas las leyendas celtas en las que el agua es el elemento principal, su origen está en un acontecimiento real, desde el Neolítico hasta el final de la Edad de Bronce fueron llegando a Europa occidental, en sucesivas oleadas, diversos pueblos procedentes del centro de Europa y de las estepas del este. En torno al siglo VI a.C., tuvo lugar un nuevo cambio climático, en esta ocasión se produjo un descenso de las temperaturas, y volvieron bruscamente la humedad y el frío, las tierras ganadas al mar se inundaron y aparecieron las marismas, las aldeas construidas en la costa y en lugares que habían sido antes tierras de lagos y pantanos, quedaron inundadas ante el avance de las aguas y sus habitantes tuvieron que huir, se iniciaba una nueva migración, algunas tribus se dirigieron hacia el oeste, y alcanzaron las Islas Británicas, mientras que otras se dirigieron hacia el sur: son las tribus de belgas, galos, británicos, etc... Éstos últimos son los pueblos celtas de los que tenemos noticias a través de los autores griegos y latinos.

La capacidad de videncia es precisamente lo que significa el término “Druida” (vidente o muy sabio), pero no sólo son los “muy sabios” sino también los “hombres del árbol”, pues su nombre se refiere tanto a sus conocimientos como al lugar donde imparten sus enseñanzas y realizan sus ritos, el lugar más sagrado de la religión céltica: El bosque, y si el bosque es sagrado no lo son menos los árboles, especialmente el roble y el muérdago que crecen en él, pues ambos son símbolos de la divinidad, en la Galia también se asociaba a los druidas con la encina, porque comían sus bellotas para adquirir facultades adivinatorias, en Irlanda, en cambió, se les relacionaba con el avellano, árbol del que sacan las “varas del poder”, estos sacerdotes también realizaban sacrificios humanos, que en muchos casos tenían como finalidad la adivinación, precisamente una de las principales funciones de los druidas.

Los celtas eran un pueblo de gentes libres, símbolo de su libertad era su condición de guerreros, cuando perdían esa categoría se convertían en siervos o esclavos y dejaban de ser personas, como consecuencia, y debido a también a su falta de miedo a la muerte al creer en un más allá, la lucha estaba continuamente presente en su vida cotidiana, el robo de ganado era la actividad económica fundamental de la aristocracia militar, pues el “precio de honor” de un guerrero, (o de una “mujer de espada”), es decir, su poder y prestigio social, se media por la cantidad de cabezas de ganado que poseía. El robo de ganado también era una actividad ritual, una fórmula de iniciación para los jóvenes, que, cuando llegaban al final de la adolescencia, debían vencer en algún tipo de combate para adquirir la condición de guerreros, la iniciación culminaba al cortar la cabeza de un enemigo, pero en tiempo de paz este ritual era sustituido por el robo de ganado, el ritual de cortar cabezas era importante en la vida social de los celtas, y además tenía un sentido religioso: los guerreros, después de cortar la cabeza de sus enemigos la colgaban de los arneses de sus caballos, si la cabeza pertenecía a alguien especialmente relevante, la embalsamaban con aceite de cedro y la colocaban en el dintel de la puerta de su casa o en el salón del consejo de la tribu, donde quedaba expuesta para mayor gloria del grupo.

El origen del herrado con clavos, tal y como hoy se practica ha sido y es objeto de acaloradas discusiones, primero se aseguró que en las Galias, en Bretaña y en Germania se herraban los caballos antes de la Era Cristiana, se admitía que el herrado fue inventado por los druidas sacerdotes o herreros sagrados de la Galia, que se reservaban el monopolio de trabajar metales, construyendo armas de combate, lo que no admite duda es que cuando Julio Cesar conquistó las Galias (año 52 a.C.) este pueblo herraba sus caballos, es más, debía hacer ya mucho tiempo que practicaba tal operación, porque había ya, cuando menos, dos clases de herraduras: Las onduladas con clavija de violín, y las de claveras rectangulares y clavos de cabeza cuboide. Algunas herraduras chinas (de plata) son más antiguas que las herraduras onduladas galas, las investigaciones actuales creen que la herradura céltica es producto exclusivo de la imaginación de sus inventores, aunque no haya documentos de apoyo de esta teoría.

Tanto Cesar como Tácito hacen hincapié en el carácter ganadero de la economía germana, el segundo, tras señalar que su tierra, aunque bastante fértil, está erizada de selvas y echada a perder por los pantanos, dice que es “abundante en ganado menor, pero de poco tamaño en su mayor parte, tampoco el ganado mayor tiene su estampa habitual y hermosa cornamenta, se dan por satisfechos con la cantidad y éste es su único apreciado recurso”.

Entre los cultivos destacan sobre todo los cereales, la cebada en particular, la avena, el centeno, el trigo y, en mucha menor medida, el mijo, se conoce también el lino, (aunque se duda si para extraer aceite o como fibra textil), la alubia y, si no se cultivaban, al menos sí se consumían abundantes hortalizas, (zanahorias, nabo, col, espárrago, etc..), en cambio los frutales eran rarísimos. Contra lo que era habitual en la agricultura mediterránea, perece que el agotamiento del suelo (rápido con arados que profundizaban muy poco) no se contrarrestó mediante el barbecho, sino con abono en forma de cieno o estiércol y con la siembra del césped. El papel del ganado era notable y el consumo de carne elevado, en casos excepcionales se conocen casas con establos para cuarenta, o incluso, setenta animales, pero la media habitual oscila entre seis y doce, circunstancia que hace pensar que agricultura y ganadería serían de una importancia similar para el sustento de la comunidad, predominaba el ganado vacuno, (los bueyes se utilizaban como animales de tiro), aunque el ovino era también numeroso en algunas zonas, así como el porcino en tierras boscosas, se criaban para consumo también gallinas y gansos, mientras que el caballo y el perro eran empleados como animales de monta (o tiro), y de vigilancia, y sólo excepcionalmente consumidos.